miércoles, 30 de octubre de 2013

22:45

Tanto tiempo atrapada que se te olvida hasta como respirabas cuando no estaba esa sensación oprimiéndote el pecho, cuando no sentías un vacío bajo tus pies del que no consigues huir. Y, de repente, un día y sin venir a cuento, llega esa brisa de aire fresco que te golpea con tanta fuerza que hasta te hace tropezar, pero para tu sorpresa no caes en el agujero negro que antes te rodeaba, sino que pisas suelo firme y luego flotas. Sientes algo así como la libertad de elevarte unos cuantos metros del suelo al aprender a volar.

Supongo que esa razón por la que empezamos a ir cuesta arriba y a recuperarnos de las caídas puede ser cualquier cosa. Desde abrir los ojos y darnos cuenta de lo que realmente merece la pena a alejarnos de todo aquello que nos mantenía atrapados. Sea de la manera que sea, hay un punto en el que necesitamos huir. Y no me refiero a huir relacionándolo con la cobardía, no. Si digo huida es con un significado completamente distinto. Digamos que por una vez, las ganas por salir de algo de cualquier manera posible hacen que todo brille más.


No voy a negar que el pesimismo se apodera de mi muchas noches y la soledad me hace tiritar incluso cubierta con un enorme edredón envuelto en sábanas de rayas color cielo, pero a pesar de ello cada vez me cuesta menos ver el rayo de sol entre tantas nubes. Y día a día las ganas de perseguirlo son mayores. Y aún así, creo que nunca dejaré de mirar atrás, porque todo aquello que me dolió también me ha construido y por mucho que me pese soy quien soy por todo lo que era. 


Datos personales

About