Se dice que hay noches buenas, tan solo aquellas que pasas acompañado.
Noches malas, en las que el vacío y el frío se hacen uno y se alían con el insomnio, haciendo que tus pensamientos se introduzcan lentamente en lo más profundo de tus más silenciosos miedos.
Noches peores, que provocan tan solo pesadillas tras haber descargado todo tu dolor en varios vasos de lágrimas.
Noches insalvables, las cuales no necesitan descripción alguna porque a todos nos atacan (y cabe destacar que además de insoportables, son inolvidables).
Al fin y al cabo, noches.
Ni buenas ni malas, tan solo oscuras.
Ni mejores ni peores, aunque asustan más las que son sin luna.
Me pregunto que tendrá ese momento del día con el antónimo como su nombre para que se hable tanto de ellas.
Tal vez sea su calor en pleno agosto, o bien el hielo de mediados de febrero.
Podría apostar por su infinita sensación de soledad, aunque en el cielo se peleen las estrellas por brillar entre el humo de las farolas.
Quizás el final de la ansiosa esperar por creer, durante milésimas de segundo, que hemos pulsado el interruptor que nos desconecta del rutinario ruido. La absurda certeza de que despertaremos y será un nuevo día, un día más sin haber sabido apreciar el que en ese momento es un día menos.
Cabría pensar que tan solo es el concepto idealizado de que cuando el sol nos abandona suceden cosas extraordinarias, esas en las que todo el mundo cree o quiere creer, a pesar de no tener pruebas de ello.
Hoy añado una noche al calendario y en las pequeñas letras de debajo tan solo leo unos ojos cansados que luchan por dejar de permanecer abiertos, que intentan deshacerse y colarse entre las rendijas de una espiral ininteligible en la que se confunden el blanco y el negro, que quieren descansar unas pestañas que han soportado demasiado peso.