Después de haber construido durante
meses aquel muro que, egocéntrico, pretendía rozar el cielo, llegó
una sonrisa que la golpeó más fuerte que con cualquier sentimiento
de piedra con los que pretendía protegerse. Los pequeños pedacitos
de seguridad que le transmitía aquella preciosa curva se clavaron en
ella de tal forma que, de nuevo y tras tanto tiempo sin haber notado
aquella debilidad en las piernas, comenzaron a agrietar sus barreras.
Día a día, con infinita paciencia, él
curó sus heridas sin darle apenas importancia a la sangre que
resbalaba por sus dedos cada vez que la acariciaba. Poco a poco, pero
más rápido de lo que había creído posible, ella se convirtió no
en una persona nueva sino en la versión de ella de la que tanto
tiempo había estado huyendo. Su parte más humana, esa que parecía
estar formada tan sólo por una masa de sentimientos atrapados en un
cuerpo al que dirigen a su antojo. Para cuando él le dijo ven, ella
ya lo había dejado todo atrás y si quedaba algún resquicio de
hielo en su interior, este se derritió al roce de sus labios, que
comenzaban a atraer la dirección de su mirada casi constantemente.
Todas sus terminaciones nerviosas
reaccionaron cuando él, con la delicadeza de quien sabe que un mal
movimiento puede romper el cristal, deslizó sus manos por su cuello
creando una atmósfera entre los dos que provocó en ella un
sentimiento muy parecido a la felicidad, si no la recordaba mal. Que
alguien le explicase, si no, con qué otra sensación podía
relacionar las sonrisas tontas que se escapaban de su boca antes de
ni siquiera darse cuenta de que estaba sonriendo.
Aquella no fue la única vez que se
sintió así estando con él. Se preguntaba continuamente si era
posible aquello de sentirse tan desprotegida y fuerte a la vez, tener
tanto miedo y dudar tan poco de que lo único que necesitaba era otro
de sus abrazos. Descubrió que existía aquello de llorar de alegría
y lo de sonreír y suspirar cuando alguien te falta. Le sonaban
bonitas palabras a las que había intentado aborrecer de cualquier
manera. En vez de forzarla, ahora debía retener la risa cuando él
se metía con ella con las mayores estupideces.
Comprendió demasiado tarde que había
vuelto a exponerse demasiado, que empezaba a quererle de aquella
manera tan aterradora que no había manera de frenar. Le miró
sabiendo que en ese momento su único muro era él, no había nada
más que la fuese a levantar si caía.
Y cayó siendo consciente de que cuando
él se alejó no le quedaba ningún punto de apoyo.
Ella y yo nos negamos mutuamente por no
hacernos daño.
Lucho por encerrarla de nuevo dentro de
mí pero, creedme, es una pelea que consume todas mis fuerzas porque
tan sólo soy humana y el dolor es la realidad que más me pesa.