Hacía meses que
los amaneceres desde aquel ventanal se teñían con la nostalgia de las puestas
de sol.
El humo del
cigarro a medio consumir se desvanecía lentamente describiendo ondas al compás
de la triste melodía que provenía del piano.
Habría deseado
poder observar la Torre Eiffel o el London Eye, tal vez se habría conformado
con un profundo bosque o un prado. Pero la realidad la golpeaba cada vez que se
asomaba al pequeño balcón. Tan sólo una masa de casas oscuras se extendía bajo
sus ojos. Parecían tristes, decaídas, ninguna razón aparente las obligaba a
permanecer allí. Estaba segura de que hubiesen huido de haber tenido la
capacidad de desplazarse. La angustia que transmitían todas aquellas ventanas
cerradas le oprimió el pecho de tal manera que tuvo que poner gran cuidado en
no tropezar con el pequeño escalón cuando escapó a refugiarse en su cuarto.
Se abrazó las
piernas con tanta fuerza que casi podían hundirse en su pecho.
“Respira.”
Enfocó todos sus
sentidos en notar como el aire se introducía lentamente en sus pulmones y los
llenaba con aparente facilidad. Escuchó el susurro que escapó entre sus labios
al expirar, como la señal que permitía que todos sus músculos se relajaran al
fin. Cuando abrió los ojos todavía quedaba en su visión algo de aquel rojo
cegador de las llamas devorando la casa de su infancia. Era extraño. Cuando
aquello había ocurrido había sentido una culpable liberación. Todo lo
perteneciente a la gran mansión había estado siempre relacionado con obligación
y dependencia (sustantivos de los que nunca había sido muy amiga). Incluso sus
padres eran tan sólo una cadena más que se aferraba a sus muñecas para no
dejarla cumplir su sueño, que no era otro sino viajar a cualquier lugar lejos
de allí y descubrir mundo, empaparse de las infinitas posibilidades que la vida
le ofrecía. Sin embargo, una vez que hasta el más ínfimo resquicio de su pasado
había quedado destruido, la esperada libertad no había llegado. Su pequeño piso
en medio de la nada parecía estar amueblado con tristezas y temores, como un
espejo que reflejaba lo que ocurría en su interior. Había tropezado con una
realidad que rompía la única esperanza que alguna vez le había provocado
sentimientos positivos, aunque estos habían sido tan efímeros que ni siquiera recordaba
la sensación o sus nombres.
Se levantó
permitiendo que sus pies rozasen lentamente el suelo frío y se dejó llevar por
ellos cual autómata, resignada a la certeza de que aquel tan sólo era un día
más en una rutina que la desgastaba poco a poco.
Al salir de la
oficina voló a evadirse entre las estanterías de la biblioteca. Leer no le
hacía sentirse bien, simplemente era una capa protectora que la envolvía y
dejaba al resto del mundo en un universo paralelo que no podía tocarla. Pero
aquel miércoles algo impedía que desconectase por completo.
Levantó la cabeza
y descubrió que las interferencias en su burbuja estaban siendo provocadas por
dos ojos oscuros que la observaban asomándose por el borde de un grueso volumen
de tapas azules. Aquella mirada curiosa cambió de repente como respuesta a lo
que imaginó que debía ser una sonrisa del chico, que se encontraba a pocos
metros de allí. Algo parecido a un pellizco hizo que enarcase las cejas al
percatarse de que aquel completo desconocido se levantaba interrumpiendo su
lectura y se dirigía hacia ella. Su voz era suave y acarició aquellas palabras
hasta convertirlas en la frase perfecta con la que empezar cualquier
conversación:
-Me preguntaba
cuando tendría la oportunidad de hablar contigo.
-¿Debo entender que
no es la primera vez que me espías detrás de un libro?- Preguntó ella mientras
pestañeaba más que de costumbre debido a la sorpresa.
-Vaya, tu voz es
más bonita de lo que había imaginado.- Evadió la pregunta.- ¿Puedo sentarme?
Antes de que ella
pudiese siquiera asentir, él ya se había apoderado de una silla.
Era la primera vez
en mucho tiempo que la chica se paraba a observar detenidamente a alguien.
Supuso que tal vez había dejado descansar su mirada sobre él demasiado tiempo
cuando le oyó decir:
-¿Qué es tan
especial en mí como para que no pares de mirarme fijamente?
Sintió un
imperioso impulso de contestarle que probablemente fueran las pecas de sus mejillas,
o la marcada mandíbula. Tal vez las largas pestañas, o el mechón de pelo
castaño que hacía un pequeño remolino en su flequillo. Incluso podrían ser sus
manos, que parecían demasiado delicadas para ser de un chico. Consiguió
reprimirlo y se limitó a agachar la cabeza mientras estiraba las mangas de su
jersey.
-Nada. Es sólo que
no te había visto antes por aquí.
-No sueles fijarte
mucho en tu alrededor, ¿me equivoco?- Ella negó con la cabeza y se retorció en
la silla, incómoda. La presencia de aquel extraño tan cerca estaba removiendo
algo en su interior que ni siquiera era consciente de tener. Resultaba
estresante no poder reconocer al menos los propios sentimientos, era agotador
intentar reprimirlos una y otra vez por miedo a lo desconocido. Pero aquella
voz no dejó que se defendiese en toda la tarde.
Un cálido rayo de
sol se deslizó por las sábanas blancas hasta acariciar sus párpados, que se
abrieron al tiempo que una leve brisa hacía ondear las cortinas. Notó
nuevamente como las comisuras de su boca se elevaban hacia arriba formando
aquella curva que el chico de la biblioteca había llamado sonrisa. Posó las
manos sobre la barandilla de metal del balcón que antes había sido su cárcel y
respiró profundamente a la vez que elevaba los brazos e imaginaba que se
hallaba en la proa de un inmenso barco que cortaba las olas de algún océano.
Caminó con pequeños saltitos mientras se sorprendía a sí misma tarareando la
canción que había escuchado el día anterior en el autobús de vuelta a casa. La
cafetera borboteó alegremente y, tras unos segundos, el olor a café recién
hecho inundó la estancia. Su cabeza bullía al tener que recibir y asimilar
tantas sensaciones desconocidas en tan poco tiempo, pero aquello no la
molestaba. No podría haber imaginado que se levantaría con tantas ganas un
miércoles hasta que hacía unas semanas había notado como aquel inmenso vacío,
que había aprendido a aceptar como parte de ella, se había llenado de aquello
que tanta falta hacía al mundo entero.
Y ahora sabía bien
que nadie se siente nunca tan vivo como cuando es consciente de que está
volviendo a nacer.