martes, 1 de abril de 2014

(Re-sentimientos)

Hacía meses que los amaneceres desde aquel ventanal se teñían con la nostalgia de las puestas de sol.
El humo del cigarro a medio consumir se desvanecía lentamente describiendo ondas al compás de la triste melodía que provenía del piano.
Habría deseado poder observar la Torre Eiffel o el London Eye, tal vez se habría conformado con un profundo bosque o un prado. Pero la realidad la golpeaba cada vez que se asomaba al pequeño balcón. Tan sólo una masa de casas oscuras se extendía bajo sus ojos. Parecían tristes, decaídas, ninguna razón aparente las obligaba a permanecer allí. Estaba segura de que hubiesen huido de haber tenido la capacidad de desplazarse. La angustia que transmitían todas aquellas ventanas cerradas le oprimió el pecho de tal manera que tuvo que poner gran cuidado en no tropezar con el pequeño escalón cuando escapó a refugiarse en su cuarto.
Se abrazó las piernas con tanta fuerza que casi podían hundirse en su pecho.
“Respira.”
Enfocó todos sus sentidos en notar como el aire se introducía lentamente en sus pulmones y los llenaba con aparente facilidad. Escuchó el susurro que escapó entre sus labios al expirar, como la señal que permitía que todos sus músculos se relajaran al fin. Cuando abrió los ojos todavía quedaba en su visión algo de aquel rojo cegador de las llamas devorando la casa de su infancia. Era extraño. Cuando aquello había ocurrido había sentido una culpable liberación. Todo lo perteneciente a la gran mansión había estado siempre relacionado con obligación y dependencia (sustantivos de los que nunca había sido muy amiga). Incluso sus padres eran tan sólo una cadena más que se aferraba a sus muñecas para no dejarla cumplir su sueño, que no era otro sino viajar a cualquier lugar lejos de allí y descubrir mundo, empaparse de las infinitas posibilidades que la vida le ofrecía. Sin embargo, una vez que hasta el más ínfimo resquicio de su pasado había quedado destruido, la esperada libertad no había llegado. Su pequeño piso en medio de la nada parecía estar amueblado con tristezas y temores, como un espejo que reflejaba lo que ocurría en su interior. Había tropezado con una realidad que rompía la única esperanza que alguna vez le había provocado sentimientos positivos, aunque estos habían sido tan efímeros que ni siquiera recordaba la sensación o sus nombres.
Se levantó permitiendo que sus pies rozasen lentamente el suelo frío y se dejó llevar por ellos cual autómata, resignada a la certeza de que aquel tan sólo era un día más en una rutina que la desgastaba poco a poco.
Al salir de la oficina voló a evadirse entre las estanterías de la biblioteca. Leer no le hacía sentirse bien, simplemente era una capa protectora que la envolvía y dejaba al resto del mundo en un universo paralelo que no podía tocarla. Pero aquel miércoles algo impedía que desconectase por completo.
Levantó la cabeza y descubrió que las interferencias en su burbuja estaban siendo provocadas por dos ojos oscuros que la observaban asomándose por el borde de un grueso volumen de tapas azules. Aquella mirada curiosa cambió de repente como respuesta a lo que imaginó que debía ser una sonrisa del chico, que se encontraba a pocos metros de allí. Algo parecido a un pellizco hizo que enarcase las cejas al percatarse de que aquel completo desconocido se levantaba interrumpiendo su lectura y se dirigía hacia ella. Su voz era suave y acarició aquellas palabras hasta convertirlas en la frase perfecta con la que empezar cualquier conversación:
-Me preguntaba cuando tendría la oportunidad de hablar contigo.
-¿Debo entender que no es la primera vez que me espías detrás de un libro?- Preguntó ella mientras pestañeaba más que de costumbre debido a la sorpresa.
-Vaya, tu voz es más bonita de lo que había imaginado.- Evadió la pregunta.- ¿Puedo sentarme?
Antes de que ella pudiese siquiera asentir, él ya se había apoderado de una silla.
Era la primera vez en mucho tiempo que la chica se paraba a observar detenidamente a alguien. Supuso que tal vez había dejado descansar su mirada sobre él demasiado tiempo cuando le oyó decir:
-¿Qué es tan especial en mí como para que no pares de mirarme fijamente?
Sintió un imperioso impulso de contestarle que probablemente fueran las pecas de sus mejillas, o la marcada mandíbula. Tal vez las largas pestañas, o el mechón de pelo castaño que hacía un pequeño remolino en su flequillo. Incluso podrían ser sus manos, que parecían demasiado delicadas para ser de un chico. Consiguió reprimirlo y se limitó a agachar la cabeza mientras estiraba las mangas de su jersey.
-Nada. Es sólo que no te había visto antes por aquí.
-No sueles fijarte mucho en tu alrededor, ¿me equivoco?- Ella negó con la cabeza y se retorció en la silla, incómoda. La presencia de aquel extraño tan cerca estaba removiendo algo en su interior que ni siquiera era consciente de tener. Resultaba estresante no poder reconocer al menos los propios sentimientos, era agotador intentar reprimirlos una y otra vez por miedo a lo desconocido. Pero aquella voz no dejó que se defendiese en toda la tarde.

Un cálido rayo de sol se deslizó por las sábanas blancas hasta acariciar sus párpados, que se abrieron al tiempo que una leve brisa hacía ondear las cortinas. Notó nuevamente como las comisuras de su boca se elevaban hacia arriba formando aquella curva que el chico de la biblioteca había llamado sonrisa. Posó las manos sobre la barandilla de metal del balcón que antes había sido su cárcel y respiró profundamente a la vez que elevaba los brazos e imaginaba que se hallaba en la proa de un inmenso barco que cortaba las olas de algún océano. Caminó con pequeños saltitos mientras se sorprendía a sí misma tarareando la canción que había escuchado el día anterior en el autobús de vuelta a casa. La cafetera borboteó alegremente y, tras unos segundos, el olor a café recién hecho inundó la estancia. Su cabeza bullía al tener que recibir y asimilar tantas sensaciones desconocidas en tan poco tiempo, pero aquello no la molestaba. No podría haber imaginado que se levantaría con tantas ganas un miércoles hasta que hacía unas semanas había notado como aquel inmenso vacío, que había aprendido a aceptar como parte de ella, se había llenado de aquello que tanta falta hacía al mundo entero.

Y ahora sabía bien que nadie se siente nunca tan vivo como cuando es consciente de que está volviendo a nacer.

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