Mientras el sol de un atardecer frío de noviembre trata de llegar hasta mis pupilas a través de los cristales del vagón, suena esa canción en la que hoy quiero perderme.
Me gustaría colarme entre sus letras, y recorrerlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, una y otra vez.
Acariciar los acordes y dejar mi mente danzar con la melodía.
Ser cada una de las notas, o todas al mismo tiempo.
Es extraño, pienso. Y vuelvo a preguntarme cómo es posible que cada hilo de voz cale tan hondo. Cómo explicar que a pesar de los apenas cuatro grados que reinan fuera, mis mejillas arden y mis ojos brillan.
El sonido del tren llegando a la siguiente estación hace que mire unos asientos más allá. Gente, gente por todas partes. De nuevo ese escalofrío y la reacción casi instantánea de mis manos escondiéndose en las mangas del jersey. Y una señora saltando al andén en el último minuto, un niño que mira a su padre con los ojos medio cubiertos por el gorro, un hombre que se frota los ojos mientras contesta otra llamada. Yo, comprobando una vez más la hora. Unos ojos claros que observan, dos sonrisas que chocan sin venir a cuento. Pulso replay.
Los sonidos vuelven a sumirme en algo parecido al sueño y llegan los mismos pensamientos. Pero ahora me siento atrapada, y es que no soy capaz de ir más allá. Continúo haciéndome las mismas preguntas que carecen de respuesta. Vacío. Un vacío que se instala y sólo se llena con ruido. Y ese ruido ya no es mi canción, ese ruido ya no es el refugio al que yo en principio había huido.
Busco desconectar en el cartel que reza: destino.
Pero qué hago si no sé cuál es el mío.
(Que si yo soy un caos, mi cabeza lo es más; perdón por el desorden)