martes, 24 de noviembre de 2015

En el tren de las 17:07

Mientras el sol de un atardecer frío de noviembre trata de llegar hasta mis pupilas a través de los cristales del vagón, suena esa canción en la que hoy quiero perderme.
Me gustaría colarme entre sus letras, y recorrerlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, una y otra  vez.
Acariciar los acordes y dejar mi mente danzar con la melodía.
Ser cada una de las notas, o todas al mismo tiempo.
Es extraño, pienso. Y vuelvo a preguntarme cómo es posible que cada hilo de voz cale tan hondo. Cómo explicar que a pesar de los apenas cuatro grados que reinan fuera, mis mejillas arden y mis ojos brillan.

El sonido del tren llegando a la siguiente estación hace que mire unos asientos más allá. Gente, gente por todas partes. De nuevo ese escalofrío y la reacción casi instantánea de mis manos escondiéndose en las mangas del jersey. Y una señora saltando al andén en el último minuto, un niño que mira a su padre con los ojos medio cubiertos por el gorro, un hombre que se frota los ojos mientras contesta otra llamada. Yo, comprobando una vez más la hora. Unos ojos claros que observan, dos sonrisas que chocan sin venir a cuento. Pulso replay.

Los sonidos vuelven a sumirme en algo parecido al sueño y llegan los mismos pensamientos. Pero ahora me siento atrapada, y es que no soy capaz de ir más allá. Continúo haciéndome las mismas preguntas que carecen de respuesta. Vacío. Un vacío que se instala y sólo se llena con ruido. Y ese ruido ya no es mi canción, ese ruido ya no es el refugio al que yo en principio había huido.

Busco desconectar en el cartel que reza: destino.
Pero qué hago si no sé cuál es el mío.

(Que si yo soy un caos, mi cabeza lo es más; perdón por el desorden)

jueves, 12 de noviembre de 2015

Lucha interna.

Que ya lo sé.

Ya sé lo que es cagarla confiando plenamente en que todo se solucionará después. Que tarde o temprano las cosas acabarán en su sitio por sí solas.
Ya sé lo que es cerrar los ojos para ignorar el fallo, sé lo que se siente cuando te das de bruces con todo lo que habías ocultado debajo de la almohada.
Ya sé cómo es eso de amarrarse a un corazón hecho trizas sólo por leer cada una de las partes una y otra vez.
Y de qué sirve.

Ya lo sé.

Sé que me oculto detrás de la sudadera más gruesa que encuentre, metáfora de la coraza que decido ponerme todos los días.
No hace falta que nadie me diga que, cuando menos me lo espere, voy a atragantarme con tantos sentimientos reprimidos y tantas lágrimas encerradas en algún sitio donde me sea fácil fingir que las olvido.
Soy consciente de que en mis peores días no hay quien me saque de la cama, porque bajo el edredón todos los niños creemos que estamos a salvo de los monstruos.

Y soy la primera que lo siente.

Que sí, que estoy cansada de escribir y que cada una de las letras no haga más que escocer. Cansada de que algunas heridas nunca sanen y de que el resto de cicatrices sean demasiado evidentes.
Para ser sinceros, ya no sé si el dolor es real o me he acostumbrado tanto a esa sensación de continuo pánico que lo acepto como mi estado normal.

Porque no lo sé, no sé como arreglarme.
Ni siquiera sé si estoy rota.
Pero sigo poniéndome tiritas cuando duele.

Y perdonadme si hoy, a pesar de estar rodeada de canciones, he escrito más desde la cabeza que desde el corazón.

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