sábado, 8 de octubre de 2016

Suplente.

Octubre ha llegado cargado de otoño.

Vestido con la chispeante vibración de sus colores; 
adornado con los agridulces suspiros de los árboles al verse desnudados.

Ha traído consigo la breve caricia del viento, 
el olor a tierra mojada, 
la alfombra de hojas que te escoltan por las vías.

Ha recordado las idas buscando algo a paso lento,
la luz de una luna menguada,
el desencanto de las venidas con las manos vacías.

Anunciada su presencia por una sinfonía de olores;
besadas mis sábanas por el sol sin poder perturbar los días nublados.

Octubre echa raíces, yo me bajo del podio. 

domingo, 25 de septiembre de 2016

Grises y azules.

Hoy siento la ausencia como el impacto de una ola. Una ola de esas que te engullen mientras el fondo marino trata de atraerte hacia él con su magnetismo. 
Me oigo boquear con desesperación durante esos interminables segundos en los que olvido que poseo unos brazos con los que impulsarme a la superficie. Noto como mis piernas sacuden el agua con furia.

Salgo exitosa de una nueva batalla y, a pesar de todo, me siento derrotada. 
Mi cuerpo huye buscando la calidez de la arena y la caricia del sol; pero sólo hay frío, y el pánico latente de ese «qué hubiera pasado si...» que nunca admito formular. Mis dedos se cierran con fuerza en torno a un puñado de granos: de nuevo trato de aferrarme a algo que se escapa de mis manos más rápidamente de lo que yo me recompongo. 

Los acantilados a mi espalda pellizcan mi alma como recordatorio de todas aquellas veces que no salté.

Tantos huecos, tantos parches.
Noto las heridas abriéndose de nuevo, recordándome que nunca las cuidé, que siempre estuve demasiado asustada de secar la sangre que las teñía. Y ahora mi piel se escama, la sal se seca sobre mi cara. 
Ahora mi exterior se equipara en tirantez a los hilos que sujetan mis pedacitos internos. 


Ni siquiera el arrullo del mar apacigua esta guerra.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Último minuto

Como volver a quedarme paralizada frente a esa puerta. Sentir de nuevo el temblor en mis brazos y la falta de fuerza en mis manos.
Como ver escurrirse entre mis dedos el picaporte, tan pesado como los clavos que me anclan a este suelo ya inestable.
Como la brisa de aire que te alienta a dar un paso más, pero que no es suficiente para seguir respirando.
Como rozar el éxito con la punta de los dedos y jamás pensar en atraparlo.

Otra mañana de ojeras que se estiran bajo el peso del mundo que llevo cargado a la espalda. 
Otra mirada al espejo tratando de resolver preguntas que todavía no están formuladas.
Otra tarde de indecisiones, de puedo y no quiero, no debo, no valgo, no sueño.

Cobarde, me temo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Noche sin aliento.

Hacía ya un tiempo desde la última vez que me atraganté con el vacío.

Casi se me había olvidado el tacto de la ausencia, y como se estremece al ser rozada por el viento.
Apenas recordaba el olor de las lágrimas al mezclarse con el sabor amargo de unas retinas cubiertas de bruma.
Creo que estuve al borde de pisar la grieta tantas veces que acabé ignorando su existencia, borrando su nombre, acallando los gritos.

Vuelvo a estar rodeada de palabras que desean comprenderme, relajarme, desahogarme. Y tan solo conforman este nudo indestructible en mi garganta.
Me pellizcan con su impaciencia por entrar y salir: indescifrables, deformadas, irascibles y airadas; con más ganas de envenenarme que de morir por mi.
Arrastrando delirios de grandeza que no llegan a buen puerto y naufragan en el mar de pretextos que inventé. Yacen entre los fantasmas de lugares olvidados, fracasos congelados y aviones de papel.

miércoles, 22 de junio de 2016

01:16

Como sentir la misma piedra caer una y otra vez sobre mis hombros, más pesada con cada aliento que pierdo.
Como oir la lluvia repiquetear en el tejado, sin descanso, mientras las ramas furiosas de los árboles golpean las ventanas tratando de arañarme.
Como desgarrarte el pecho entre gritos silenciosos, para después sangrar letras que no casan.
Como tratar de unir una y otra vez piezas con un mismo patrón, pero creadas para diferentes puzzles.

Sucesión de intentos fallidos de agarrar el polvo para no convertirme en él.
Fallida sucesión de intentos de hacerme oír, pues me rendí tras el primer asalto.

miércoles, 13 de abril de 2016

Gritos a tu espalda.

Mentiría si dijese que he tratado de olvidarme del ritmo de tus dedos recorriendo mi espalda.
Mentiría,
pues más bien se ha convertido en la cadencia que siguen mis latidos hasta que se desbocan al roce de un recuerdo.
Ojalá permaneciese siempre tan nítida esa imagen de tus ojos
posándose en mi con esa mirada que sólo tú tienes,
para después cerrarse y dar paso a un suspiro que haga temblar todo mi cuerpo.

Mentiría si dijese que odio esa sensación de vértigo que golpea mi estómago cada vez que me besas.
Mentiría,
pues cuento las horas para volver a sentirme al borde de un precipicio.
Ojalá siga perdiendo la cuenta de todos los escalofríos
que me hacen tambalearme y buscar mi refugio entre tus brazos.
Y entre tus sábanas.

Mentiría,
mentiría si pudiese disimular que me llena sentir tu piel contra la mía.
Mentiría a gritos si no prefiriese los susurros en tu oído o en tus labios.

Mentiría...
Pero me siento tan segura que ni siquiera necesito pedirte que no me sueltes,


aunque mis ojos se desvivan por hacértelo saber.

martes, 16 de febrero de 2016

Cuando me rompo.

Soy sólo el mar que desciende por tus mejillas, 
te acaricia la barbilla 
y osa mojarte la ropa.

Soy sólo la gota que aterriza,
con prisa,
sobre tu cuello 
y después no encuentra la manera 
(ni las ganas)
de marcharse.

Tan sólo la pizca de agua
que se cuela entre tus labios
cuando andas despistada.
Esa que pasea por tu lengua,
y sueña con perderse en tu garganta.

Hoy soy sólo la explosión
y los daños colaterales.

viernes, 15 de enero de 2016

Séptimo (intento de) sueño.

Sigue corriendo,
no te pares.

Voces que te gritan aunque no quieras girarte.
Voces que te incitan a quedarte.
Voces que no entienden, y voces que critican.
Y tu corazón en llamas reduciéndose a cenizas.

El humo del incendio que parecía extinguido,
asciende por tu pecho
y tapona tus oídos.
Con la mirada ahora nublada
y el alma presa en un pañuelo,
tratas de ocultar los huecos que se abren en tu espalda.

Vías de escape atravesando laberintos,
con la tímida intención de no encontrar una salida,
con las ganas reprimidas de no doblar la siguiente esquina.

Y darlo todo por no descubrir la próxima canción de tus latidos.
Todo por no escribir, por no sentir.
Por permanecer dormido.

(Todo por conseguir que este huracán sea sólo mío)

lunes, 4 de enero de 2016

Inmarcesible.

Aquella noche la luna estaba llena, como si tratase de compensar el vacío en su interior. Como si quisiese desvelar, con su luz a la par pálida y fría, las invisibles cicatrices que recorrían aquella silueta recortada con esmero por algún artista de nombre ya olvidado. Entonces ella ladeó con cuidado la cabeza y frunció suavemente el ceño, interrogante. Tras un breve parpadeo y una inspiración profunda, supo con certeza que había llegado la hora.

Clavó sus ojos en la celestial esfera vigilante; pero a pesar de la aparente seguridad de su mirada, titubeó varias veces antes de llevar sus manos a sus hombros y agarrarlos con firmeza. Lentamente, se desprendió de aquella piel rasgada y frágil, la cual hacía mucho tiempo que fingía ser coraza. Con la delicadeza de quien es amigo del dolor, depositó su yo marchito en el perchero, como quien cuelga ese abrigo que hace meses se le quedó pequeño.

Anhelando ser tan eterna como la luna, tan infinita como el firmamento, dejó yacer su alma sobre las arrugadas sábanas. El murmullo del viento la acunaba, mientras los níveos haces la acariciaban y bañaban.

Y el calor ausente no pudo evitar que, al llegar el alba, ella se sintiese más viva que nunca.

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