miércoles, 19 de noviembre de 2014

Antítesis sin luna.

Se me agotan las ganas,
los días,
las horas,
se acaban.
Se me cansan los ojos,
el alma,
los cielos,
son otros.
Se congelan las mantas,
el tiempo,
las manos,
formaban cascadas.
Se ahogan los 'quiero',
palabras,
mi mar,
me arrastran al fondo.
Y gritan y chillan,
pretendiendo que escuche.
Y hablan susurrando,
mientras las sombras me cubren.
Y queda el silencio,
se apagan las luces.

martes, 4 de noviembre de 2014

Y aún así son lo mejor de los peores.


No puedes decir que me conoces si no me has visto en mis días malos.
Esos de resistirme a salir de debajo de las mantas porque desde ahí todos los problemas parecen más pequeños.
Esos de tiritar incluso con el sol entrando por la ventana, de tener las manos heladas y los pies fríos, reflejo de un corazón escarchado.
Esos en los que no importa quien me lo diga, ni como, que siempre miraré hacia bajo fingiendo una indiferencia que por suerte o por desgracia no padezco.
Esos que se alternan entre moño, coleta y pelo suelto, porque soy incapaz de estar cómoda con ninguna.
Esos de mirar fijamente un punto durante segundos interminables y seguir como si nada habiendo malgastado ese oro que vale el tiempo.
Esos de necesitar chillarle a un papel e impregnarlo de tinta, con una angustia que aprieta mi pecho en un puño como si se tratase de un montón de arena.
Esos, hoy.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Another Night - Mac Miller.

Se dice que hay noches buenas, tan solo aquellas que pasas acompañado.
Noches malas, en las que el vacío y el frío se hacen uno y se alían con el insomnio, haciendo que tus pensamientos se introduzcan lentamente en lo más profundo de tus más silenciosos miedos.
Noches peores, que provocan tan solo pesadillas tras haber descargado todo tu dolor en varios vasos de lágrimas.
Noches insalvables, las cuales no necesitan descripción alguna porque a todos nos atacan (y cabe destacar que además de insoportables, son inolvidables).
Al fin y al cabo, noches.
Ni buenas ni malas, tan solo oscuras.
Ni mejores ni peores, aunque asustan más las que son sin luna.
Me pregunto que tendrá ese momento del día con el antónimo como su nombre para que se hable tanto de ellas. 
Tal vez sea su calor en pleno agosto, o bien el hielo de mediados de febrero. 
Podría apostar por su infinita sensación de soledad, aunque en el cielo se peleen las estrellas por brillar entre el humo de las farolas.
Quizás el final de la ansiosa esperar por creer, durante milésimas de segundo, que hemos pulsado el interruptor que nos desconecta del rutinario ruido. La absurda certeza de que despertaremos y será un nuevo día, un día más sin haber sabido apreciar el que en ese momento es un día menos. 
Cabría pensar que tan solo es el concepto idealizado de que cuando el sol nos abandona suceden cosas extraordinarias, esas en las que todo el mundo cree o quiere creer, a pesar de no tener pruebas de ello.

Hoy añado una noche al calendario y en las pequeñas letras de debajo tan solo leo unos ojos cansados que luchan por dejar de permanecer abiertos, que intentan deshacerse y colarse entre las rendijas de una espiral ininteligible en la que se confunden el blanco y el negro, que quieren descansar unas pestañas que han soportado demasiado peso.

domingo, 3 de agosto de 2014

Letras en una servilleta.


Cuanto mayor es el salto, mayor es el riesgo y, por lo visto, más atraídos nos vemos por lo que queremos conseguir, que evidentemente se encuentra al otro lado del precipicio.
El temblor en las piernas, las manos sudorosas, la respiración agitada... todo parece apoderarse de nuestro cuerpo que, inocente, responde a los estímulos con una extraña mezcla de nerviosismo, placer y alegría: adrenalina.
Quizás el hecho de que la busquemos continuamente es que nos hace sentir vivos, activa todos nuestros sentidos, multiplica nuestra sensibilidad e incluso el mundo parece adquirir un color más brillante.
Y yo no hago más que preguntarme a qué clase de idiota se le ocurrió que la mejor manera de drogarse con adrenalina era hacer cosas peligrosas. Entonces, por un momento, mis pupilas chocan con las tuyas y lo comprendo. 
Ellos no te han conocido.

sábado, 2 de agosto de 2014

Somos, ¿o soy?

Dejé que el lápiz volase sobre el papel,
como tantas otras veces antes se había deslizado a lo largo de tu piel.
Dejé que la tinta formase palabras que fugazmente pasaban por mi mente,
en la cual existía ese único pensamiento, en pretérito, de tenerte.
Dejé, por primera vez en los minutos que formaban una eternidad,
que mis miedos turbasen unas pupilas que huían continuamente de quedar cegadas ante el peso de la realidad.
Y mirando una hoja manchada de sentimientos incomprensibles que no paraban de sangrar,
acepté que somos letras sin sentido hasta que alguien aprende a leernos entre líneas, del revés y sin tartamudear.

lunes, 9 de junio de 2014

Panic Cord - Gabrielle Aplin

Salgo a despejarme y lo único que consigo es aumentar el caos. Hay que joderse.
Antes se podían tener 0 preocupaciones y sentirse completo; ahora parece que si no tienes una parte de ti que se cae a pedazos, no eres una persona real.
Sé que me repito infinitísimas veces que estoy cansada y voy a hacer que todo cambie, y sigo aquí cruzada de brazos. Pero siempre encuentro excusas por las que es mejor dejar de arriesgarse y aprender a vivir con tus propias piezas. Aprender la forma de recomponerte parcialmente, lo suficiente para esperar al siguiente impacto pero sin que llegue a ser tanto como para que vuelva el dolor.
Siempre he pensado que el peor dolor es aquel que lo provocan causas que parecen querer esconderse de ti en lo más hondo del subconsciente, logrando que tu nivel de pérdida sea mayor a medida que te introduces más en la búsqueda de la raíz de los pinchazos de tu alma.
Pero, ¡ah! Se me olvidó ese pequeño detalle que lo aclara todo, o al menos lo intenta. Todos sabemos que el alma es algo tan abstracto como los sentimientos que la gobiernan. Y, ¿quién en su sano juicio confiaría en alcanzar algo intocable y depositar en ello todas las esperanzas de aliviar el daño?
Así, de nuevo, recurrimos a la solución más fácil, que no la más corta.
¡Ay, corazón! Nadie te avisó de que ocultarse no es un sinónimo de sanar y de que unas sábanas frías nunca conseguirían arroparte como unos susurros ahora ausentes.

martes, 6 de mayo de 2014

Try - P!nk

He oído miles de veces aquello de que siempre hay un bache en el camino, un cruce o, simplemente, un momento en el que pierdes el rumbo.

Me he sentado durante horas mirando a la nada, escuchando toda clase de consejos que, al fin y al cabo, se perdían en el caos de mi mente.

He resuelto mil problemas ajenos antes de ni siquiera plantearme el comenzar a recomponerme a mí misma.

He creído en mentiras y desconfiado de verdades.

Me he arrepentido un segundo después; ya sabes, justo en ese instante en el que es demasiado tarde.

He sentido rabia, impotencia y euforia de maneras tan desordenadas que me ha costado distinguirlas, pero, sobre todo, aprender a aceptarlas.

He luchado contra las ganas de tirar la toalla, con la esperanza de que esta algún día secaría el sudor que precede a una merecida recompensa tras un esfuerzo que jamás habría creído poder superar.

He tenido días buenos, tardes inolvidables, noches malas y madrugadas de insomnio.

He deseado lo que nunca alcanzaré, he soñado mundos imposibles y me he despertado con una mano invisible oprimiéndome el pecho y ojos que buscaban otros que los calmasen aún sabiendo que no encontrarían más que una cama repleta de miedos.

He aguantado el dolor de las despedidas, mientras las lágrimas se dedicaban a anudar mi garganta y a hacer temblar mi voz.

He dejado de disfrutar del “aquí y ahora” por echar de menos abrazos, personas, olores, risas, sonidos, caricias, miradas.

He intentado, por todos los medios posibles, que algunos besos no dejasen cicatrices en mi alma. Y he fallado. He fallado como aquel que intenta escribir un poema estando vacío.

Y he llegado a ese punto de desorientación en el que la única vía de escape es el cambio, el abandonar, olvidar y seguir adelante.

Sin embargo, los milímetros que te separan de la caída son un gran tiempo para pensar, por no decir el mejor. En situaciones desesperadas todo lo malo parece menos malo, y llegan las puestas de sol en la playa, las lágrimas de felicidad, los gritos del concierto del grupo de tus sueños, las promesas cumplidas, las metas realizadas, las bienvenidas con grandes pancartas, los deseos expirados al soplar las velas de cumpleaños, unos labios cálidos y suaves, el rastro de escalofrío que deja el roce de una mano, las carcajadas en las que te duele el estómago, las medias sonrisas, las siestas en compañía, las historias a la luz de una hoguera, los paseos por el parque… Y, afortunadamente, gente como tú.


Así que supongo que debo darte las gracias por ser de esa clase de personas que hacen que merezca la pena elegir continuar y que consiguen que todo lo bueno, sea mejor y, sin lugar a dudas, digno de recordar.

martes, 1 de abril de 2014

(Re-sentimientos)

Hacía meses que los amaneceres desde aquel ventanal se teñían con la nostalgia de las puestas de sol.
El humo del cigarro a medio consumir se desvanecía lentamente describiendo ondas al compás de la triste melodía que provenía del piano.
Habría deseado poder observar la Torre Eiffel o el London Eye, tal vez se habría conformado con un profundo bosque o un prado. Pero la realidad la golpeaba cada vez que se asomaba al pequeño balcón. Tan sólo una masa de casas oscuras se extendía bajo sus ojos. Parecían tristes, decaídas, ninguna razón aparente las obligaba a permanecer allí. Estaba segura de que hubiesen huido de haber tenido la capacidad de desplazarse. La angustia que transmitían todas aquellas ventanas cerradas le oprimió el pecho de tal manera que tuvo que poner gran cuidado en no tropezar con el pequeño escalón cuando escapó a refugiarse en su cuarto.
Se abrazó las piernas con tanta fuerza que casi podían hundirse en su pecho.
“Respira.”
Enfocó todos sus sentidos en notar como el aire se introducía lentamente en sus pulmones y los llenaba con aparente facilidad. Escuchó el susurro que escapó entre sus labios al expirar, como la señal que permitía que todos sus músculos se relajaran al fin. Cuando abrió los ojos todavía quedaba en su visión algo de aquel rojo cegador de las llamas devorando la casa de su infancia. Era extraño. Cuando aquello había ocurrido había sentido una culpable liberación. Todo lo perteneciente a la gran mansión había estado siempre relacionado con obligación y dependencia (sustantivos de los que nunca había sido muy amiga). Incluso sus padres eran tan sólo una cadena más que se aferraba a sus muñecas para no dejarla cumplir su sueño, que no era otro sino viajar a cualquier lugar lejos de allí y descubrir mundo, empaparse de las infinitas posibilidades que la vida le ofrecía. Sin embargo, una vez que hasta el más ínfimo resquicio de su pasado había quedado destruido, la esperada libertad no había llegado. Su pequeño piso en medio de la nada parecía estar amueblado con tristezas y temores, como un espejo que reflejaba lo que ocurría en su interior. Había tropezado con una realidad que rompía la única esperanza que alguna vez le había provocado sentimientos positivos, aunque estos habían sido tan efímeros que ni siquiera recordaba la sensación o sus nombres.
Se levantó permitiendo que sus pies rozasen lentamente el suelo frío y se dejó llevar por ellos cual autómata, resignada a la certeza de que aquel tan sólo era un día más en una rutina que la desgastaba poco a poco.
Al salir de la oficina voló a evadirse entre las estanterías de la biblioteca. Leer no le hacía sentirse bien, simplemente era una capa protectora que la envolvía y dejaba al resto del mundo en un universo paralelo que no podía tocarla. Pero aquel miércoles algo impedía que desconectase por completo.
Levantó la cabeza y descubrió que las interferencias en su burbuja estaban siendo provocadas por dos ojos oscuros que la observaban asomándose por el borde de un grueso volumen de tapas azules. Aquella mirada curiosa cambió de repente como respuesta a lo que imaginó que debía ser una sonrisa del chico, que se encontraba a pocos metros de allí. Algo parecido a un pellizco hizo que enarcase las cejas al percatarse de que aquel completo desconocido se levantaba interrumpiendo su lectura y se dirigía hacia ella. Su voz era suave y acarició aquellas palabras hasta convertirlas en la frase perfecta con la que empezar cualquier conversación:
-Me preguntaba cuando tendría la oportunidad de hablar contigo.
-¿Debo entender que no es la primera vez que me espías detrás de un libro?- Preguntó ella mientras pestañeaba más que de costumbre debido a la sorpresa.
-Vaya, tu voz es más bonita de lo que había imaginado.- Evadió la pregunta.- ¿Puedo sentarme?
Antes de que ella pudiese siquiera asentir, él ya se había apoderado de una silla.
Era la primera vez en mucho tiempo que la chica se paraba a observar detenidamente a alguien. Supuso que tal vez había dejado descansar su mirada sobre él demasiado tiempo cuando le oyó decir:
-¿Qué es tan especial en mí como para que no pares de mirarme fijamente?
Sintió un imperioso impulso de contestarle que probablemente fueran las pecas de sus mejillas, o la marcada mandíbula. Tal vez las largas pestañas, o el mechón de pelo castaño que hacía un pequeño remolino en su flequillo. Incluso podrían ser sus manos, que parecían demasiado delicadas para ser de un chico. Consiguió reprimirlo y se limitó a agachar la cabeza mientras estiraba las mangas de su jersey.
-Nada. Es sólo que no te había visto antes por aquí.
-No sueles fijarte mucho en tu alrededor, ¿me equivoco?- Ella negó con la cabeza y se retorció en la silla, incómoda. La presencia de aquel extraño tan cerca estaba removiendo algo en su interior que ni siquiera era consciente de tener. Resultaba estresante no poder reconocer al menos los propios sentimientos, era agotador intentar reprimirlos una y otra vez por miedo a lo desconocido. Pero aquella voz no dejó que se defendiese en toda la tarde.

Un cálido rayo de sol se deslizó por las sábanas blancas hasta acariciar sus párpados, que se abrieron al tiempo que una leve brisa hacía ondear las cortinas. Notó nuevamente como las comisuras de su boca se elevaban hacia arriba formando aquella curva que el chico de la biblioteca había llamado sonrisa. Posó las manos sobre la barandilla de metal del balcón que antes había sido su cárcel y respiró profundamente a la vez que elevaba los brazos e imaginaba que se hallaba en la proa de un inmenso barco que cortaba las olas de algún océano. Caminó con pequeños saltitos mientras se sorprendía a sí misma tarareando la canción que había escuchado el día anterior en el autobús de vuelta a casa. La cafetera borboteó alegremente y, tras unos segundos, el olor a café recién hecho inundó la estancia. Su cabeza bullía al tener que recibir y asimilar tantas sensaciones desconocidas en tan poco tiempo, pero aquello no la molestaba. No podría haber imaginado que se levantaría con tantas ganas un miércoles hasta que hacía unas semanas había notado como aquel inmenso vacío, que había aprendido a aceptar como parte de ella, se había llenado de aquello que tanta falta hacía al mundo entero.

Y ahora sabía bien que nadie se siente nunca tan vivo como cuando es consciente de que está volviendo a nacer.

martes, 11 de febrero de 2014

Wake me up - Aloe Blacc.

Las tonalidades de las hojas en otoño;
las calles nevadas en invierno y el reflejo de las luces de Navidad en los charcos que forma la lluvia;
las flores abiertas y recubiertas de rocío en primavera;
la efímera brisa de aire fresco tan bienvenida en el calor sofocante del verano;
los reencuentros en el aeropuerto;
los proyectos de tantos viajes que te quedan por hacer;
los nervios que aprietan tu estómago en el despegue del avión;
las tensión del aterrizaje;
el dolor de pies tras patearte todo Roma;
la grandeza de las pirámides en Egipto;
la magia que puede palparse en el aire al cruzar las puertas de DisneyLand;
los colores vivos de los carnavales de Venecia;
las vistas desde el London Eye;
los infinitos prados verdes de Irlanda;
las puestas de sol tendido sobre la arena de una playa de Ibiza;
los amaneceres desde una ventana en un hotel de Florencia;
las estrellas que inundan el cielo nocturno y se ven desde aquel prado en la montaña de tu pueblo;
los rayos de sol desbordándose sobre una cama deshecha cubierta con sábanas blancas;
los 'cinco minutos más' que se convierten en quince;
el estirar los brazos y frotarse los ojos nada más despertar;
las mañanas de pijama, cama y poco más;
los días aprovechados al máximo, esos en los que llegas exhausto y te derrumbas en el sofá;
el primer salto al agua congelada de la piscina tras un año de espera;
las carreras en bicicleta;
los paseos en compañía;
el canto de los pájaros escondidos en los árboles del bosque;
el tacto suave de las mantas;
el olor de la tierra mojada tras una tormenta;
el sonido de las olas rompiendo contra las rocas;
el sabor de tu comida favorita;
las tazas de café en la madrugada cuando te ves acorralado por apuntes de asignaturas de las que no recuerdas ni el nombre;
el té de las 17:00 para sentirte un poco más inglés;
los desayunos en la cama o los churros en la cafetería tras la noche de Fin de Año;
las comidas alrededor de mesas interminables;
las fresas con nata y chocolate para merendar;
las cenas en un nuevo restaurante, por probar;
la elegancia de un gato al saltar para trepar un muro;
el paseo en lancha con los delfines del zoo;
el vuelo del águila real;
el parpadeo de las alas de una mariposa;
el roce de pestañas;
los ojos que, da igual el color, hablan sin necesidad de palabras;
la mirada curiosa de los más pequeños;
los robos de nariz;
los labios agrietados que sanan con otros labios;
las voces que te transmiten sentimientos contradictorios;
la risa de un niño;
el hueco en el que se unen el cuello y las clavículas;
los dedos entrelazados;
las caricias de manos inesperadas;
los besos tímidos, decididos, suaves, apasionados, fugaces, lentos, curativos, deseados, por sorpresa, cubiertos de chocolate, acompañados por lágrimas, llenos de sentimiento, desnudos, en la frente, en la mejilla, en el cuello, en tus labios;
los abrazos asfixiantes, relajantes, consoladores, necesitados, los que se hacen esperar durante tanto tiempo, los que te elevan del suelo mientras das vueltas, los que te esperan al final de una carrera por el andén;
los pelos de punta provocados por mordiscos;
las cosas dichas en susurros para que nadie se entere;
el silencio roto con un suspiro;
amanecer abrazado a esa persona;
las primeras veces;
las últimas;
la fotografía;
la música;
el cine;
la felicidad;
la euforia;
la realización;
la tranquilidad;
la adrenalina;
conocerte;
aceptarte;
descubrir;
bailar;
actuar;
cantar;
querer;
vivir;
soñar;

ser.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Into your arms - The Maine.

Querido diario:
Hoy es 5 de Febrero de 2014, y he pensado que es un bonito día para contarte una historia que todavía, no me preguntes por qué, no he plasmado con sentimientos de tinta.

Todo empezó en el frío de primeros de noviembre, ese que se cala hasta los huesos y los hace congelarse hasta que te oprimen el pecho, ese que provoca dolor de cabeza y hace que el estar cansado sea una forma de vida. En ese frío, aparentemente tan indeseable, todavía quedaban rayos de sol dispuestos a calentar nuestras almas. Fíjate si tuve suerte, que encontré uno casi por pura casualidad, escondido en un pequeño rincón de aquello que llaman Galicia.
Te preguntarás, tú que tanta curiosidad tienes por saber hasta el mínimo detalle, como es que yo (viviendo en mi adorada Madrid), me propuse buscar el sol tan lejos en un lugar con fama de vivir inundado de niebla y lluvia. Pues bien, te explico, las cosas han cambiado mucho desde que tú naciste. Los diarios de hoy en día ya no están hechos de hojas de papel, sino de extraños códigos que flotan en un maravilloso invento llamado Internet. Allí, existen una serie de páginas llamadas redes sociales. Entre ellas hay una muy popular entre nosotros, los jóvenes. Se llama Twitter, te la presento desde ahora porque me oirás nombrarla innumerables veces. Y en esta red social dirigida por un pequeño pajarito azul, fue donde encontré mi calor para el invierno que se avecinaba.
Como si las estrellas hubiesen predestinado algo, mis interacciones se revolucionaron aquel día. Para que lo entiendas mejor, alguien decidió que le gustaba lo que escribía y comenzó a darlo a conocer a sus seguidores. Resultó ser que la ilusión del primer momento al ver que alguien apreciaba mis tonterías fue aún mayor cuando descubrí que aquella cuenta no sólo me daba favorito, sino que me mencionaba. Qué extraña aquella alegría que sentía por dentro.
Para mi sorpresa, a las pocas horas nos habíamos contado mil anécdotas, creando una de esas conversaciones que se quedan en la memoria, de esas que te hacen sentir ganas de saltar aunque tus pies estén a punto de caerse a pedacitos de lo congelados que están. Y aquella no fue la única durante esos días, muchas más llenarían mis tardes, casi como una rutina que encajaba perfectamente en mi vida, apropiándose de un hueco que había permanecido vacío y medio desmoronado.
Mi rayo de sol se llamaba Carla y todavía hoy sigue abriéndose paso entre las nubes de mis días más grises para sacarme esas sonrisas que tanto necesito, esas que solamente ella supo crear desde el primer skype hasta la última despedida en el andén, e incluso ahora estando a más de 2000 km.
Creo que por mis palabras ya podrás adivinar qué pasó con nosotras dos, cómo llegamos a todo esto, pero para qué negarlo, me apetece seguir contando nuestra historia. Sí, nuestra, solamente de las dos por mucha gente que intentase meterse de por medio.
Los siguientes meses se basaron en una creciente necesidad de abrazarla, de verla, de superar aquella distancia que nos separaba y poder reírnos las dos juntas sin un ordenador produciendo ruidos extraños que nos obligaban a fruncir el ceño. Se había convertido en tanto para mí en tan poco tiempo... Me asustaba, créeme. Todos los días dormía con el miedo de que se convirtiese en alguien indispensable, pero sobretodo con el miedo de perderla. No sería justo que la vida me hubiese dado una persona tan increíble y de repente me la arrancase de los brazos cuando por fin comenzaba a sentirme llena, ¿verdad?
Me encontré el 22 de Marzo de 2013 sentada en un tren, deseando que volasen aquellas eternas 5 horas que me separaban de mi destino. Santiago de Compostela, me juego lo que quieras a que ni el mejor peregrino había tenido nunca tantas ganas de pisar la capital gallega. Las canciones pasaban extremadamente lento y mis nervios no hacían más que obligarme a retorcerme en el asiento.
Pero, ay, merecieron tanto la pena aquellas horas de estrés para conseguir al fin ver su sonrisa corriendo hacia mis brazos... En el momento en que la abracé, el viaje pareció haber durado segundos y aquel abrazo ser lo más infinito que puedas nunca imaginarte.
“Maldita, creía que eras más baja.”
Si lo que sentí aquellos cuatro días que estuve a su lado no fue felicidad, que se atreva alguien a explicarme qué es y me dé razones para estar más feliz en otro lugar que no sea a su lado.
La despedida fue tan corta que se me antojaron años lo que duró el verla al otro lado de las vías, agitando la mano mientras las dos conteníamos las lágrimas. Qué inútil se me hacía tener que irme de allí y no poder llevarla conmigo. Pero pensé en todas las carcajadas tiradas en la cama y no pude hacer otra cosa que sonreír porque había tenido la suerte de que mi pequeño rayo de sol secase todas mis lágrimas y me sofocase a base de cosquillas.
1 de Julio de 2013, no podía creer todavía que aquello vivido unos meses atrás volvería a repetirse.
Veía avalanchas de gente saliendo y entrando en los trenes de la estación de Chamartín, pero nadie me importaba, nadie significaba lo más mínimo para mí. La única maleta que conseguiría que echase a correr sería aquella que llevase pegada a mi lapa.
Por fin llegó el tren, por fin bajé corriendo las escaleras mecánicas, por fin busqué con la mirada entre toda la masa de cabezas en movimiento, por fin la vi, por fin sonreí de verdad y por fin la volví a abrazar hasta que el calor sofocante nos hizo tener que separarnos.
No sabía que era posible sentirse tan bien, sentir que lo tienes todo de un momento a otro, pero así era.
Pasamos días buenos, y noches no tan alegres. Aún así, te aseguro que no me arrepiento de ni un solo momento compartido con esa enana. Qué quieres que te diga, ella es mi punto de apoyo.
No hay mucho más que hayamos vivido juntas, ojalá haber podido pasar más días haciendo lo que mejor se nos da: ser inseparables. Pero esos recuerdos ya no me los quita nadie, son míos para siempre, igual que ella.

¿Que por qué he decidido que hoy era un bonito día? Será que se me ha antojado el recordarla hoy especialmente, ya que se me hace un año más mayor. ¿Puedes creerlo? Ya llevo dos cumpleaños a su lado.
Al lado de mi mejor amiga. Porque eso es exactamente lo que es. Es mi mitad, mi hermana mayor, mi Carlph, mis tantas-cosas-que-tardaría-años-en-nombrarlas. En resumen: lo mejor que me ha pasado y que me pasará.
No sé cuantas veces habré dado gracias por tenerla, pero me siguen pareciendo insuficientes. He perdido la cuenta de los 'te amodoroquiero' que le he dicho, pero aunque me asfixiase gritando uno tras otro nunca llegarían a expresar realmente todo lo que la quiero, lo mucho que la necesito.
Porque con ella he aprendido que es muy difícil plasmar en palabras aquello que solo entiende el corazón, pero también que con una de nuestras miradas podemos evitar gastar letras sin sentido.
Con ella he aprendido lo que es hacerse fuerte a base de luchar por quien te importa.
Ella me ha enseñado lo pequeña que puede llegar a sentirse y lo grande que me hace.
Ella, aunque le cueste creerlo, es la persona más increíble de este mundo.
Ella es fuerte porque a pesar de que tenga el mundo encima es capaz de utilizar toda su energía en sacarme del pozo más oscuro.
Ella es preciosa porque su sonrisa calma hasta las tormentas más fieras de mi mente. Y supongo que es el hecho de que la utilice poco lo que hace que valore tanto el conseguir sacárselas. Pero, eh, ojalá encuentre alguna forma de que permanezca con ella, tatuada en la cara hasta cuando duerme.
Ella tiene mil complejos que la impiden pisar con seguridad el camino que intenta seguir, pero créeme, por cada uno de sus supuestos defectos se ahoga entre cien virtudes.
Ella es ya una parte de mí, a la que no pienso dejar escapar por muy duras que se pongan las cosas.
Ella cumple 17 años y yo no puedo hacer más que decirle:
¡FELICIDADES CACHO DE PARVA!

Ella, ay... Ella es Carla Sampedro Villar y la amo más que a los desayunos en la cama, las canciones tristes antes de dormir y las tazas de té durante las horas de estudio.

lunes, 27 de enero de 2014

Human - Christina Perri.

Después de haber construido durante meses aquel muro que, egocéntrico, pretendía rozar el cielo, llegó una sonrisa que la golpeó más fuerte que con cualquier sentimiento de piedra con los que pretendía protegerse. Los pequeños pedacitos de seguridad que le transmitía aquella preciosa curva se clavaron en ella de tal forma que, de nuevo y tras tanto tiempo sin haber notado aquella debilidad en las piernas, comenzaron a agrietar sus barreras.

Día a día, con infinita paciencia, él curó sus heridas sin darle apenas importancia a la sangre que resbalaba por sus dedos cada vez que la acariciaba. Poco a poco, pero más rápido de lo que había creído posible, ella se convirtió no en una persona nueva sino en la versión de ella de la que tanto tiempo había estado huyendo. Su parte más humana, esa que parecía estar formada tan sólo por una masa de sentimientos atrapados en un cuerpo al que dirigen a su antojo. Para cuando él le dijo ven, ella ya lo había dejado todo atrás y si quedaba algún resquicio de hielo en su interior, este se derritió al roce de sus labios, que comenzaban a atraer la dirección de su mirada casi constantemente.

Todas sus terminaciones nerviosas reaccionaron cuando él, con la delicadeza de quien sabe que un mal movimiento puede romper el cristal, deslizó sus manos por su cuello creando una atmósfera entre los dos que provocó en ella un sentimiento muy parecido a la felicidad, si no la recordaba mal. Que alguien le explicase, si no, con qué otra sensación podía relacionar las sonrisas tontas que se escapaban de su boca antes de ni siquiera darse cuenta de que estaba sonriendo.
Aquella no fue la única vez que se sintió así estando con él. Se preguntaba continuamente si era posible aquello de sentirse tan desprotegida y fuerte a la vez, tener tanto miedo y dudar tan poco de que lo único que necesitaba era otro de sus abrazos. Descubrió que existía aquello de llorar de alegría y lo de sonreír y suspirar cuando alguien te falta. Le sonaban bonitas palabras a las que había intentado aborrecer de cualquier manera. En vez de forzarla, ahora debía retener la risa cuando él se metía con ella con las mayores estupideces.

Comprendió demasiado tarde que había vuelto a exponerse demasiado, que empezaba a quererle de aquella manera tan aterradora que no había manera de frenar. Le miró sabiendo que en ese momento su único muro era él, no había nada más que la fuese a levantar si caía.
Y cayó siendo consciente de que cuando él se alejó no le quedaba ningún punto de apoyo.

Ella y yo nos negamos mutuamente por no hacernos daño.
Lucho por encerrarla de nuevo dentro de mí pero, creedme, es una pelea que consume todas mis fuerzas porque tan sólo soy humana y el dolor es la realidad que más me pesa.


jueves, 23 de enero de 2014

Lullaby - Nickelback.

He estado pensando en el porqué de escribir.
Siempre había estado convencida de que simplemente era una forma de desahogarme, de exponer mis sentimientos en cada una de las letras, de imaginarme que te saco de mi cabeza por un momento.
Pero, realmente, ¿de qué soga estoy intentando liberarme? ¿Cuáles son los sentimientos, de todo este caos interno, que intento reflejar en mis palabras? Y, ¿quién eres tú? ¿Por qué te escribo? ¿Qué haces en mi cabeza, revolviéndolo todo a tu antojo como si ella sola no causase ya bastantes problemas?

Creo que he tenido suficiente.
Ya caminaste por cada uno de los huecos de mi alma, sin tener en cuenta lo que pisabas ni mirar aquello que destrozabas a tu paso.
Pero, qué bonito se me hacía aquel desorden y qué contento se ponía mi corazón cada vez que te veía pasear a mi lado.
Le maldecía cuando decidía dar saltos hasta que su rosado color se reflejaba en mis mejillas. Su manía con hacerse notar me hacía difícil evitar que mis ojos fuesen un libro abierto en el que tú podías devorar cada una de las dudas que me hacían tartamudear.
¿Cuántas veces lo hiciste? Me refiero a leer mi mente sin encontrar barreras y actuar como si no me conocieras. ¿No te bastaba que mis cinco sentidos se estremeciesen con tu tacto? ¿No eran suficiente reales mis sonrisas? Porque te aseguro que tan sinceras como las que surgían junto a tus labios, hay pocas en este mundo.

Pero ahora me he dado cuenta de que el mundo va más allá de tus clavículas (a fuerza de tropezarme con ellas).
Te preguntarás porqué, si estoy tan convencida de que hay más colores aparte del marrón de tus ojos, sigo pidiéndote cada día que salgas de aquí, que me dejes olvidarte.
Si quieres la verdad, te lo ruego sin pronunciar palabra para que no puedas oírlo. Porque si lamenté el empezar a perderte sin decir nada, imagina los remordimientos si te vas definitivamente por mi culpa.

Ahora que has vuelto a conseguir, sin proponértelo, que me acuerde de ti en cada frase, hazme un favor: quiéreme como lo hacías antes de probar mis besos, espérame bajo la lluvia imaginándote que volvemos a aquellas tardes soleadas de agosto, abrázame con aquel miedo del principio (sí, ese que tú superaste y en el que yo me estoy hundiendo), háblame de nada, cuéntamelo todo, confía en mí para escabullirte de tus problemas, deja descansar tu cabeza en mi hombro y que nuestras respiraciones cojan un mismo compás, roza tus dedos con los míos con la misma delicadeza con la que susurras incoherencias que hacen girar mi mundo, escucha el ritmo de mis latidos que parecen ir al son de nuestras canciones.

He evitado los tiempos pasados para que lo sientas en presente.
Haz un último esfuerzo por no dejarme acostumbrarme a cómo dueles.
Termina la canción y sigo sin averiguar las razones por las que escribo.
Échame de menos, por favor.
Y otros sin-sentidos.



A drop in the ocean - Ron Pope.

Sin apenas pensarlo, estaba preguntándole a un vaso vacío si mis lágrimas tendrían alguna utilidad llenándolo.
Pero me di cuenta que no podría beberlas, ¿acaso a alguien le gusta atragantarse con el agua del mar?
Comprobé con los ojos nublados como cada una de las gotas se dirigía a una velocidad de vértigo hacia el suelo, pero siempre aterrizaban en sitios diferentes y supe que la mayoría caerían fuera del vaso y quedarían desperdiciadas.
Me fijé entonces en una de ellas que había decidido romperse junto a uno de los numerosos lápices que había desperdigados sobre la mesa. Pensé en su tamaño y comprobé que, irónicamente, una sola de ellas era capaz de ahogarme y que cientos podían hacer que me sintiese alguien mínimo, insignificante, inexistente.
¿Cuántas harían falta para cubrir aquel recipiente de cristal? (O al menos para que a mi me pareciese que estaba medio lleno)

Llena. Así estaba yo, ¿no? Quizás así era como me sentía o como quería sentirme. O tal vez, no preguntes, sea la única palabra del diccionario que encuentro adecuada para describir de forma rápida algo que aprendimos demasiado lento.
Lentamente y sin levantar sospecha. Aquella fue la manera en la que comenzaste a formar parte de mí, pero también con la que te alejaste.
Sin decir nada, evitando las despedidas.
Y yo fui incapaz de alcanzarte, porque incluso teniéndote entre mis brazos vagabas a kilómetros de mi.
Que tonta, ¿verdad? Pude haberme dado cuenta antes.
¿Cómo no me fijé en tus ojos tristes y en tus gestos vagos, desganados? Supongo (y acierto) que nada proveniente de ti se me hacía extraño, así de acostumbrada estaba, ya ves.
Supongo que se me hizo demasiado fácil perderme en tus pestañas, que tus pupilas eran el único punto negro que me sacaba de quicio (sin hablar de tus lunares, esos que sigo teniendo antojo de contar).
Supongo que era tan tuya que te creía igual de mío.

Compréndeme.
Incluso el depender de ti me daba vida.

martes, 21 de enero de 2014

Wherever you will go - The Calling.

¿Sabes?
Queda mucho que decir.
Tan poco tiempo.
Y tanto miedo.
(Demasiado, tal vez).
Siempre supimos que habría un final, que más temprano que tarde tendríamos que dejar al otro ir.
Y aún así arriesgamos. Como quien piensa que por aferrarse al hielo no se quemará.
Pero, ¿qué hay del frío? Y no te hablo del de noviembre o enero, de ese ya hemos oído suficiente. Me refiero a estar congelados por dentro y en el pasado, a no querer avanzar por no olvidarnos.
Te hablo del frío que me acompaña cada vez que pienso que todo terminó cuando realmente había empezado.
Te hablo de un frío que nunca llegarás a conocer, y mucho menos comprender. Porque es tan sólo mío, mío y de este corazón que se ha cubierto de escarcha por exponerse demasiado.
Te hablo del frío entre nosotros, algo antes impensable. De esa distancia insalvable hasta tus labios, de la manía con contar tu ausencia en segundos (así normal que se me haga interminable), de hablar en tercera persona de lo que éramos, de pensar en lo bueno y sentir lo malo, de gritarle a una almohada que parece estar sorda (aunque le agradezco que sea muda y no pueda contestarme todo lo que no quiero escuchar).
Te hablo de escribirte entre paréntesis y garabatearte en los puntos suspensivos.
Te hablo a pesar de que no prestes atención a lo que digo.
Te hablo sin abrir la boca porque a mis cuerdas vocales les ha dado por temblar (como ya te he dicho, dentro de mi es invierno).
Te hablo por no quedarme sola con mis pensamientos, te escribo por instinto, te odio por vicio.
Y te quiero porque si antes dolía, ahora rompe.
Si antes lo sabía, ahora lo confirmo.
Que querría gritarlo, pero yo estoy sin aliento y tú,

tú demasiado lejos.

You found me - The Fray.

Me encontraste.
Hiciste que siguiese un camino sin piedras, sin tramos difíciles de distinguir.
Conseguiste que todo pareciese fácil, incluso eso de tener que despedirnos cada tarde.
Dijiste mil frases de las que se graban a fuego lento y muy dentro.
Te ganaste aquella confianza expresada con sonrisas tímidas.
Mis labios se aprendieron de memoria cada corte de los tuyos.
Cada hueco entre mis dedos se amoldó esperando recibir tu mano.
Tu respiración parecía acariciar mi cuello con tanta delicadeza que hasta dolía.

Como duele ahora tropezarse con cada obstáculo que se interpone en mi camino,
Complicar las cosas más sencillas y no pisar desde hace tiempo la estación,
Recordar cada una de las cicatrices que provocaron tus palabras y pensar que en algún momento me encantó tenerlas,
Contemplar un muro de indiferencia que no es capaz de curar mis debilidades,
Sentir pinchazos en el estómago con mordiscos que nunca llegan,
Escribir números y letras en mis muñecas como si fuesen a llevarse tu ausencia,
Suspirar porque me faltas y susurrarle en silencio a la nada.

Que no sé si me cuesta asumirlo o explicarlo, pero la realidad es que me perdí o me perdiste o quizás tan sólo dejamos de buscarnos.
Pero si fuera esto último la causa, explícame porqué sigo tratando de entender unas razones que no encuentro en ninguna canción.
Explícame, tú que tantas veces me tranquilizabas, dónde estás ahora que te necesito para levantarme de una caída más dura que las anteriores.

Porque el único motivo que le encuentro al no tenerte es que recorrí muy pocas veces tu espalda y ella ya no recuerda mis huellas de la manera en que mi almohada lo hace con tu colonia.

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