domingo, 25 de septiembre de 2016

Grises y azules.

Hoy siento la ausencia como el impacto de una ola. Una ola de esas que te engullen mientras el fondo marino trata de atraerte hacia él con su magnetismo. 
Me oigo boquear con desesperación durante esos interminables segundos en los que olvido que poseo unos brazos con los que impulsarme a la superficie. Noto como mis piernas sacuden el agua con furia.

Salgo exitosa de una nueva batalla y, a pesar de todo, me siento derrotada. 
Mi cuerpo huye buscando la calidez de la arena y la caricia del sol; pero sólo hay frío, y el pánico latente de ese «qué hubiera pasado si...» que nunca admito formular. Mis dedos se cierran con fuerza en torno a un puñado de granos: de nuevo trato de aferrarme a algo que se escapa de mis manos más rápidamente de lo que yo me recompongo. 

Los acantilados a mi espalda pellizcan mi alma como recordatorio de todas aquellas veces que no salté.

Tantos huecos, tantos parches.
Noto las heridas abriéndose de nuevo, recordándome que nunca las cuidé, que siempre estuve demasiado asustada de secar la sangre que las teñía. Y ahora mi piel se escama, la sal se seca sobre mi cara. 
Ahora mi exterior se equipara en tirantez a los hilos que sujetan mis pedacitos internos. 


Ni siquiera el arrullo del mar apacigua esta guerra.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Último minuto

Como volver a quedarme paralizada frente a esa puerta. Sentir de nuevo el temblor en mis brazos y la falta de fuerza en mis manos.
Como ver escurrirse entre mis dedos el picaporte, tan pesado como los clavos que me anclan a este suelo ya inestable.
Como la brisa de aire que te alienta a dar un paso más, pero que no es suficiente para seguir respirando.
Como rozar el éxito con la punta de los dedos y jamás pensar en atraparlo.

Otra mañana de ojeras que se estiran bajo el peso del mundo que llevo cargado a la espalda. 
Otra mirada al espejo tratando de resolver preguntas que todavía no están formuladas.
Otra tarde de indecisiones, de puedo y no quiero, no debo, no valgo, no sueño.

Cobarde, me temo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Noche sin aliento.

Hacía ya un tiempo desde la última vez que me atraganté con el vacío.

Casi se me había olvidado el tacto de la ausencia, y como se estremece al ser rozada por el viento.
Apenas recordaba el olor de las lágrimas al mezclarse con el sabor amargo de unas retinas cubiertas de bruma.
Creo que estuve al borde de pisar la grieta tantas veces que acabé ignorando su existencia, borrando su nombre, acallando los gritos.

Vuelvo a estar rodeada de palabras que desean comprenderme, relajarme, desahogarme. Y tan solo conforman este nudo indestructible en mi garganta.
Me pellizcan con su impaciencia por entrar y salir: indescifrables, deformadas, irascibles y airadas; con más ganas de envenenarme que de morir por mi.
Arrastrando delirios de grandeza que no llegan a buen puerto y naufragan en el mar de pretextos que inventé. Yacen entre los fantasmas de lugares olvidados, fracasos congelados y aviones de papel.

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