Hoy siento la ausencia como el impacto
de una ola. Una ola de esas que te engullen mientras el fondo marino trata de
atraerte hacia él con su magnetismo.
Me oigo boquear con desesperación
durante esos interminables segundos en los que olvido que poseo unos brazos con
los que impulsarme a la superficie. Noto como mis piernas sacuden el agua con
furia.
Salgo exitosa de una nueva batalla y,
a pesar de todo, me siento derrotada.
Mi cuerpo huye buscando la calidez de
la arena y la caricia del sol; pero sólo hay frío, y el pánico latente de ese
«qué hubiera pasado si...» que nunca admito formular. Mis dedos se cierran con
fuerza en torno a un puñado de granos: de nuevo trato de aferrarme a algo que
se escapa de mis manos más rápidamente de lo que yo me recompongo.
Los acantilados a mi espalda pellizcan
mi alma como recordatorio de todas aquellas veces que no salté.
Tantos huecos, tantos parches.
Noto las heridas abriéndose de nuevo,
recordándome que nunca las cuidé, que siempre estuve demasiado asustada de
secar la sangre que las teñía. Y ahora mi piel se escama, la sal se seca sobre
mi cara.
Ahora mi exterior se equipara en
tirantez a los hilos que sujetan mis pedacitos internos.
Ni siquiera el arrullo del mar
apacigua esta guerra.