Las 6 de la mañana de hoy venían cargadas con un especial peso de las sábanas (y el mundo).
Yo, sin intención de resistirme, me he dejado vencer antes siquiera de pronunciar el famoso "5 minutos más". He dejado que el colchón volviese a acoger lo poco de mí que había conseguido despertarse.
Y he odiado levantarme después. Lo he odiado porque todo seguía tan vacío como media hora antes. Tan callado a pesar de los ruidos de la cocina y del agua de la ducha corriendo en el baño azul. Tan oscuro.
Mi yo de hoy, guiado más por la inercia que por las fuerzas o las ganas, ha actuado como un autómata y seguido la rutina de cada jueves: desayuna, dúchate, vístete, abrígate, bolso, móvil, llaves, dinero, abono, puerta, ascensor, coche, estación, tren de las 8.12.
Tren de las 8.12, 8.39 y yo sigo escribiendo esto.
Escribiendo y sin ordenar mis sentimientos (una vez más). Sin tener claro cuán grande se me hace el mundo hoy, o cuán pequeña soy yo para el mundo.