He oído miles de veces aquello de que siempre hay un bache
en el camino, un cruce o, simplemente, un momento en el que pierdes el rumbo.
Me he sentado durante horas mirando a la nada, escuchando
toda clase de consejos que, al fin y al cabo, se perdían en el caos de mi
mente.
He resuelto mil problemas ajenos antes de ni siquiera
plantearme el comenzar a recomponerme a mí misma.
He creído en mentiras y desconfiado de verdades.
Me he arrepentido un segundo después; ya sabes, justo en ese
instante en el que es demasiado tarde.
He sentido rabia, impotencia y euforia de maneras tan desordenadas
que me ha costado distinguirlas, pero, sobre todo, aprender a aceptarlas.
He luchado contra las ganas de tirar la toalla, con la
esperanza de que esta algún día secaría el sudor que precede a una merecida
recompensa tras un esfuerzo que jamás habría creído poder superar.
He tenido días buenos, tardes inolvidables, noches malas y
madrugadas de insomnio.
He deseado lo que nunca alcanzaré, he soñado mundos
imposibles y me he despertado con una mano invisible oprimiéndome el pecho y ojos
que buscaban otros que los calmasen aún sabiendo que no encontrarían más que
una cama repleta de miedos.
He aguantado el dolor de las despedidas, mientras las
lágrimas se dedicaban a anudar mi garganta y a hacer temblar mi voz.
He dejado de disfrutar del “aquí y ahora” por echar de menos
abrazos, personas, olores, risas, sonidos, caricias, miradas.
He intentado, por todos los medios posibles, que algunos
besos no dejasen cicatrices en mi alma. Y he fallado. He fallado como aquel que
intenta escribir un poema estando vacío.
Y he llegado a ese punto de desorientación en el que la
única vía de escape es el cambio, el abandonar, olvidar y seguir adelante.
Sin embargo, los milímetros que te separan de la caída son
un gran tiempo para pensar, por no decir el mejor. En situaciones desesperadas
todo lo malo parece menos malo, y llegan las puestas de sol en la playa, las
lágrimas de felicidad, los gritos del concierto del grupo de tus sueños, las
promesas cumplidas, las metas realizadas, las bienvenidas con grandes
pancartas, los deseos expirados al soplar las velas de cumpleaños, unos labios
cálidos y suaves, el rastro de escalofrío que deja el roce de una mano, las
carcajadas en las que te duele el estómago, las medias sonrisas, las siestas en
compañía, las historias a la luz de una hoguera, los paseos por el parque… Y, afortunadamente,
gente como tú.
Así que supongo que debo darte las gracias por ser de esa
clase de personas que hacen que merezca la pena elegir continuar y que consiguen
que todo lo bueno, sea mejor y, sin lugar a dudas, digno de recordar.
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