No puedes decir que me conoces si no me has visto en mis días malos.
Esos de resistirme a salir de debajo de las mantas porque desde ahí todos los problemas parecen más pequeños.
Esos de tiritar incluso con el sol entrando por la ventana, de tener las manos heladas y los pies fríos, reflejo de un corazón escarchado.
Esos en los que no importa quien me lo diga, ni como, que siempre miraré hacia bajo fingiendo una indiferencia que por suerte o por desgracia no padezco.
Esos que se alternan entre moño, coleta y pelo suelto, porque soy incapaz de estar cómoda con ninguna.
Esos de mirar fijamente un punto durante segundos interminables y seguir como si nada habiendo malgastado ese oro que vale el tiempo.
Esos de necesitar chillarle a un papel e impregnarlo de tinta, con una angustia que aprieta mi pecho en un puño como si se tratase de un montón de arena.
Esos, hoy.
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