Que ya lo sé.
Ya sé lo que es cagarla confiando plenamente en que todo se solucionará después. Que tarde o temprano las cosas acabarán en su sitio por sí solas.
Ya sé lo que es cerrar los ojos para ignorar el fallo, sé lo que se siente cuando te das de bruces con todo lo que habías ocultado debajo de la almohada.
Ya sé cómo es eso de amarrarse a un corazón hecho trizas sólo por leer cada una de las partes una y otra vez.
Y de qué sirve.
Ya lo sé.
Sé que me oculto detrás de la sudadera más gruesa que encuentre, metáfora de la coraza que decido ponerme todos los días.
No hace falta que nadie me diga que, cuando menos me lo espere, voy a atragantarme con tantos sentimientos reprimidos y tantas lágrimas encerradas en algún sitio donde me sea fácil fingir que las olvido.
Soy consciente de que en mis peores días no hay quien me saque de la cama, porque bajo el edredón todos los niños creemos que estamos a salvo de los monstruos.
Y soy la primera que lo siente.
Que sí, que estoy cansada de escribir y que cada una de las letras no haga más que escocer. Cansada de que algunas heridas nunca sanen y de que el resto de cicatrices sean demasiado evidentes.
Para ser sinceros, ya no sé si el dolor es real o me he acostumbrado tanto a esa sensación de continuo pánico que lo acepto como mi estado normal.
Porque no lo sé, no sé como arreglarme.
Ni siquiera sé si estoy rota.
Pero sigo poniéndome tiritas cuando duele.
Y perdonadme si hoy, a pesar de estar rodeada de canciones, he escrito más desde la cabeza que desde el corazón.
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