Aquella noche la luna estaba llena,
como si tratase de compensar el vacío en su interior. Como si quisiese
desvelar, con su luz a la par pálida y fría, las invisibles cicatrices que
recorrían aquella silueta recortada con esmero por algún artista de nombre ya
olvidado. Entonces ella ladeó con cuidado la cabeza y frunció suavemente el
ceño, interrogante. Tras un breve parpadeo y una inspiración profunda, supo con
certeza que había llegado la hora.
Clavó sus ojos en la celestial esfera
vigilante; pero a pesar de la aparente seguridad de su mirada, titubeó varias
veces antes de llevar sus manos a sus hombros y agarrarlos con firmeza.
Lentamente, se desprendió de aquella piel rasgada y frágil, la cual hacía mucho
tiempo que fingía ser coraza. Con la delicadeza de quien es amigo del dolor,
depositó su yo marchito en el perchero, como quien cuelga ese abrigo que hace
meses se le quedó pequeño.
Anhelando ser tan eterna como la luna,
tan infinita como el firmamento, dejó yacer su alma sobre las arrugadas
sábanas. El murmullo del viento la acunaba, mientras los níveos haces la
acariciaban y bañaban.
Y el calor ausente no pudo evitar que, al llegar el alba, ella se sintiese más viva que nunca.
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