miércoles, 5 de febrero de 2014

Into your arms - The Maine.

Querido diario:
Hoy es 5 de Febrero de 2014, y he pensado que es un bonito día para contarte una historia que todavía, no me preguntes por qué, no he plasmado con sentimientos de tinta.

Todo empezó en el frío de primeros de noviembre, ese que se cala hasta los huesos y los hace congelarse hasta que te oprimen el pecho, ese que provoca dolor de cabeza y hace que el estar cansado sea una forma de vida. En ese frío, aparentemente tan indeseable, todavía quedaban rayos de sol dispuestos a calentar nuestras almas. Fíjate si tuve suerte, que encontré uno casi por pura casualidad, escondido en un pequeño rincón de aquello que llaman Galicia.
Te preguntarás, tú que tanta curiosidad tienes por saber hasta el mínimo detalle, como es que yo (viviendo en mi adorada Madrid), me propuse buscar el sol tan lejos en un lugar con fama de vivir inundado de niebla y lluvia. Pues bien, te explico, las cosas han cambiado mucho desde que tú naciste. Los diarios de hoy en día ya no están hechos de hojas de papel, sino de extraños códigos que flotan en un maravilloso invento llamado Internet. Allí, existen una serie de páginas llamadas redes sociales. Entre ellas hay una muy popular entre nosotros, los jóvenes. Se llama Twitter, te la presento desde ahora porque me oirás nombrarla innumerables veces. Y en esta red social dirigida por un pequeño pajarito azul, fue donde encontré mi calor para el invierno que se avecinaba.
Como si las estrellas hubiesen predestinado algo, mis interacciones se revolucionaron aquel día. Para que lo entiendas mejor, alguien decidió que le gustaba lo que escribía y comenzó a darlo a conocer a sus seguidores. Resultó ser que la ilusión del primer momento al ver que alguien apreciaba mis tonterías fue aún mayor cuando descubrí que aquella cuenta no sólo me daba favorito, sino que me mencionaba. Qué extraña aquella alegría que sentía por dentro.
Para mi sorpresa, a las pocas horas nos habíamos contado mil anécdotas, creando una de esas conversaciones que se quedan en la memoria, de esas que te hacen sentir ganas de saltar aunque tus pies estén a punto de caerse a pedacitos de lo congelados que están. Y aquella no fue la única durante esos días, muchas más llenarían mis tardes, casi como una rutina que encajaba perfectamente en mi vida, apropiándose de un hueco que había permanecido vacío y medio desmoronado.
Mi rayo de sol se llamaba Carla y todavía hoy sigue abriéndose paso entre las nubes de mis días más grises para sacarme esas sonrisas que tanto necesito, esas que solamente ella supo crear desde el primer skype hasta la última despedida en el andén, e incluso ahora estando a más de 2000 km.
Creo que por mis palabras ya podrás adivinar qué pasó con nosotras dos, cómo llegamos a todo esto, pero para qué negarlo, me apetece seguir contando nuestra historia. Sí, nuestra, solamente de las dos por mucha gente que intentase meterse de por medio.
Los siguientes meses se basaron en una creciente necesidad de abrazarla, de verla, de superar aquella distancia que nos separaba y poder reírnos las dos juntas sin un ordenador produciendo ruidos extraños que nos obligaban a fruncir el ceño. Se había convertido en tanto para mí en tan poco tiempo... Me asustaba, créeme. Todos los días dormía con el miedo de que se convirtiese en alguien indispensable, pero sobretodo con el miedo de perderla. No sería justo que la vida me hubiese dado una persona tan increíble y de repente me la arrancase de los brazos cuando por fin comenzaba a sentirme llena, ¿verdad?
Me encontré el 22 de Marzo de 2013 sentada en un tren, deseando que volasen aquellas eternas 5 horas que me separaban de mi destino. Santiago de Compostela, me juego lo que quieras a que ni el mejor peregrino había tenido nunca tantas ganas de pisar la capital gallega. Las canciones pasaban extremadamente lento y mis nervios no hacían más que obligarme a retorcerme en el asiento.
Pero, ay, merecieron tanto la pena aquellas horas de estrés para conseguir al fin ver su sonrisa corriendo hacia mis brazos... En el momento en que la abracé, el viaje pareció haber durado segundos y aquel abrazo ser lo más infinito que puedas nunca imaginarte.
“Maldita, creía que eras más baja.”
Si lo que sentí aquellos cuatro días que estuve a su lado no fue felicidad, que se atreva alguien a explicarme qué es y me dé razones para estar más feliz en otro lugar que no sea a su lado.
La despedida fue tan corta que se me antojaron años lo que duró el verla al otro lado de las vías, agitando la mano mientras las dos conteníamos las lágrimas. Qué inútil se me hacía tener que irme de allí y no poder llevarla conmigo. Pero pensé en todas las carcajadas tiradas en la cama y no pude hacer otra cosa que sonreír porque había tenido la suerte de que mi pequeño rayo de sol secase todas mis lágrimas y me sofocase a base de cosquillas.
1 de Julio de 2013, no podía creer todavía que aquello vivido unos meses atrás volvería a repetirse.
Veía avalanchas de gente saliendo y entrando en los trenes de la estación de Chamartín, pero nadie me importaba, nadie significaba lo más mínimo para mí. La única maleta que conseguiría que echase a correr sería aquella que llevase pegada a mi lapa.
Por fin llegó el tren, por fin bajé corriendo las escaleras mecánicas, por fin busqué con la mirada entre toda la masa de cabezas en movimiento, por fin la vi, por fin sonreí de verdad y por fin la volví a abrazar hasta que el calor sofocante nos hizo tener que separarnos.
No sabía que era posible sentirse tan bien, sentir que lo tienes todo de un momento a otro, pero así era.
Pasamos días buenos, y noches no tan alegres. Aún así, te aseguro que no me arrepiento de ni un solo momento compartido con esa enana. Qué quieres que te diga, ella es mi punto de apoyo.
No hay mucho más que hayamos vivido juntas, ojalá haber podido pasar más días haciendo lo que mejor se nos da: ser inseparables. Pero esos recuerdos ya no me los quita nadie, son míos para siempre, igual que ella.

¿Que por qué he decidido que hoy era un bonito día? Será que se me ha antojado el recordarla hoy especialmente, ya que se me hace un año más mayor. ¿Puedes creerlo? Ya llevo dos cumpleaños a su lado.
Al lado de mi mejor amiga. Porque eso es exactamente lo que es. Es mi mitad, mi hermana mayor, mi Carlph, mis tantas-cosas-que-tardaría-años-en-nombrarlas. En resumen: lo mejor que me ha pasado y que me pasará.
No sé cuantas veces habré dado gracias por tenerla, pero me siguen pareciendo insuficientes. He perdido la cuenta de los 'te amodoroquiero' que le he dicho, pero aunque me asfixiase gritando uno tras otro nunca llegarían a expresar realmente todo lo que la quiero, lo mucho que la necesito.
Porque con ella he aprendido que es muy difícil plasmar en palabras aquello que solo entiende el corazón, pero también que con una de nuestras miradas podemos evitar gastar letras sin sentido.
Con ella he aprendido lo que es hacerse fuerte a base de luchar por quien te importa.
Ella me ha enseñado lo pequeña que puede llegar a sentirse y lo grande que me hace.
Ella, aunque le cueste creerlo, es la persona más increíble de este mundo.
Ella es fuerte porque a pesar de que tenga el mundo encima es capaz de utilizar toda su energía en sacarme del pozo más oscuro.
Ella es preciosa porque su sonrisa calma hasta las tormentas más fieras de mi mente. Y supongo que es el hecho de que la utilice poco lo que hace que valore tanto el conseguir sacárselas. Pero, eh, ojalá encuentre alguna forma de que permanezca con ella, tatuada en la cara hasta cuando duerme.
Ella tiene mil complejos que la impiden pisar con seguridad el camino que intenta seguir, pero créeme, por cada uno de sus supuestos defectos se ahoga entre cien virtudes.
Ella es ya una parte de mí, a la que no pienso dejar escapar por muy duras que se pongan las cosas.
Ella cumple 17 años y yo no puedo hacer más que decirle:
¡FELICIDADES CACHO DE PARVA!

Ella, ay... Ella es Carla Sampedro Villar y la amo más que a los desayunos en la cama, las canciones tristes antes de dormir y las tazas de té durante las horas de estudio.

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