Tengo un vacío en el alma que explota cada tres segundos.
Cada tres segundos explota y parece que salpica hasta los rincones que yo misma desconozco.
Ha empezado a corroer cada esquina, cada espina, cada cicatriz. Ha empezado a ocupar espacio. Y es irónico, porque está hueco.
He oído los gritos de cada parte de mi cuerpo, que se han atragantado con el frío. Aún recuerdo cuando este invierno se sentía como el comienzo de la primavera. Pero las flores se marchitan.
Y el agua, hiela.
Y el agua, hiela.
Este vacío con complejo de bomba de relojería tiene la extraña manía de mantenerme con vida. Y mientras el tic-tac suena, incansable, mis ojos gritan que no quieren cerrarse.
Sin embargo, mi alma pesa y comienza a dejar huella en el colchón. Se hunde ante la ausencia de un cuerpo que la ayude, ya que el mío yace con la inquietante paciencia del que espera algo que sabe que nunca llega.
Sin embargo, mi alma pesa y comienza a dejar huella en el colchón. Se hunde ante la ausencia de un cuerpo que la ayude, ya que el mío yace con la inquietante paciencia del que espera algo que sabe que nunca llega.
Ha terminado la canción.
Las últimas notas dejan paso al sabor agridulce del silencio.
Las últimas notas dejan paso al sabor agridulce del silencio.
Sin conexión.
Me acompañan el vértigo y las ganas tímidas pero tirantes de alejarme, arrojarme, desvanecerme.
Me acompañan el vértigo y las ganas tímidas pero tirantes de alejarme, arrojarme, desvanecerme.
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