jueves, 9 de noviembre de 2017

Bittersweet.

Añoraba el caminar arropada por el frío de la noche. 

Casi olvido la agridulce sensación que provoca estar en calma mientras tu nariz y dedos se resienten ante el gélido exterior. 
Casi caigo en el error de no apreciar como mis propios pasos parecen distantes, como su sonido queda relegado a un segundo plano porque la música que suena a través de los cascos se adueña del papel protagonista. 

Esta noche, tras largo tiempo, he conseguido abandonar la lucha inane que mantenía contra esa canción. 
Y, por un momento, no he sentido miedo.
He abrazado la tenebrosa soledad de los paseos nocturnos con la fuerza de quien se vuelve a encontrar con un viejo amor. Me he dejado inundar por la extraña paz impregnada en el silencio que reposa por las calles a la luz de las farolas. Se han empañado mis retinas con el vaho que se deslizaba entre mis labios y se han empapado mis huesos con los escalofríos de mi alma.

Esta noche, tras largo tiempo, he vuelto a apreciar el rutinario calor del pijama. 
Y, por un momento, he recordado la importancia y belleza de lo sencillo.
Como esa tiritera inevitable que nos domina hasta que la cama entra en calor, como la quietud que se posa sobre la habitación al tiempo que nuestra respiración se ralentiza. 
Y he amado ese instante con fiereza, pues he escuchado a mi corazón sentir.

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