sábado, 3 de septiembre de 2016

Noche sin aliento.

Hacía ya un tiempo desde la última vez que me atraganté con el vacío.

Casi se me había olvidado el tacto de la ausencia, y como se estremece al ser rozada por el viento.
Apenas recordaba el olor de las lágrimas al mezclarse con el sabor amargo de unas retinas cubiertas de bruma.
Creo que estuve al borde de pisar la grieta tantas veces que acabé ignorando su existencia, borrando su nombre, acallando los gritos.

Vuelvo a estar rodeada de palabras que desean comprenderme, relajarme, desahogarme. Y tan solo conforman este nudo indestructible en mi garganta.
Me pellizcan con su impaciencia por entrar y salir: indescifrables, deformadas, irascibles y airadas; con más ganas de envenenarme que de morir por mi.
Arrastrando delirios de grandeza que no llegan a buen puerto y naufragan en el mar de pretextos que inventé. Yacen entre los fantasmas de lugares olvidados, fracasos congelados y aviones de papel.

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