martes, 4 de noviembre de 2014

Y aún así son lo mejor de los peores.


No puedes decir que me conoces si no me has visto en mis días malos.
Esos de resistirme a salir de debajo de las mantas porque desde ahí todos los problemas parecen más pequeños.
Esos de tiritar incluso con el sol entrando por la ventana, de tener las manos heladas y los pies fríos, reflejo de un corazón escarchado.
Esos en los que no importa quien me lo diga, ni como, que siempre miraré hacia bajo fingiendo una indiferencia que por suerte o por desgracia no padezco.
Esos que se alternan entre moño, coleta y pelo suelto, porque soy incapaz de estar cómoda con ninguna.
Esos de mirar fijamente un punto durante segundos interminables y seguir como si nada habiendo malgastado ese oro que vale el tiempo.
Esos de necesitar chillarle a un papel e impregnarlo de tinta, con una angustia que aprieta mi pecho en un puño como si se tratase de un montón de arena.
Esos, hoy.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Another Night - Mac Miller.

Se dice que hay noches buenas, tan solo aquellas que pasas acompañado.
Noches malas, en las que el vacío y el frío se hacen uno y se alían con el insomnio, haciendo que tus pensamientos se introduzcan lentamente en lo más profundo de tus más silenciosos miedos.
Noches peores, que provocan tan solo pesadillas tras haber descargado todo tu dolor en varios vasos de lágrimas.
Noches insalvables, las cuales no necesitan descripción alguna porque a todos nos atacan (y cabe destacar que además de insoportables, son inolvidables).
Al fin y al cabo, noches.
Ni buenas ni malas, tan solo oscuras.
Ni mejores ni peores, aunque asustan más las que son sin luna.
Me pregunto que tendrá ese momento del día con el antónimo como su nombre para que se hable tanto de ellas. 
Tal vez sea su calor en pleno agosto, o bien el hielo de mediados de febrero. 
Podría apostar por su infinita sensación de soledad, aunque en el cielo se peleen las estrellas por brillar entre el humo de las farolas.
Quizás el final de la ansiosa esperar por creer, durante milésimas de segundo, que hemos pulsado el interruptor que nos desconecta del rutinario ruido. La absurda certeza de que despertaremos y será un nuevo día, un día más sin haber sabido apreciar el que en ese momento es un día menos. 
Cabría pensar que tan solo es el concepto idealizado de que cuando el sol nos abandona suceden cosas extraordinarias, esas en las que todo el mundo cree o quiere creer, a pesar de no tener pruebas de ello.

Hoy añado una noche al calendario y en las pequeñas letras de debajo tan solo leo unos ojos cansados que luchan por dejar de permanecer abiertos, que intentan deshacerse y colarse entre las rendijas de una espiral ininteligible en la que se confunden el blanco y el negro, que quieren descansar unas pestañas que han soportado demasiado peso.

domingo, 3 de agosto de 2014

Letras en una servilleta.


Cuanto mayor es el salto, mayor es el riesgo y, por lo visto, más atraídos nos vemos por lo que queremos conseguir, que evidentemente se encuentra al otro lado del precipicio.
El temblor en las piernas, las manos sudorosas, la respiración agitada... todo parece apoderarse de nuestro cuerpo que, inocente, responde a los estímulos con una extraña mezcla de nerviosismo, placer y alegría: adrenalina.
Quizás el hecho de que la busquemos continuamente es que nos hace sentir vivos, activa todos nuestros sentidos, multiplica nuestra sensibilidad e incluso el mundo parece adquirir un color más brillante.
Y yo no hago más que preguntarme a qué clase de idiota se le ocurrió que la mejor manera de drogarse con adrenalina era hacer cosas peligrosas. Entonces, por un momento, mis pupilas chocan con las tuyas y lo comprendo. 
Ellos no te han conocido.

sábado, 2 de agosto de 2014

Somos, ¿o soy?

Dejé que el lápiz volase sobre el papel,
como tantas otras veces antes se había deslizado a lo largo de tu piel.
Dejé que la tinta formase palabras que fugazmente pasaban por mi mente,
en la cual existía ese único pensamiento, en pretérito, de tenerte.
Dejé, por primera vez en los minutos que formaban una eternidad,
que mis miedos turbasen unas pupilas que huían continuamente de quedar cegadas ante el peso de la realidad.
Y mirando una hoja manchada de sentimientos incomprensibles que no paraban de sangrar,
acepté que somos letras sin sentido hasta que alguien aprende a leernos entre líneas, del revés y sin tartamudear.

lunes, 9 de junio de 2014

Panic Cord - Gabrielle Aplin

Salgo a despejarme y lo único que consigo es aumentar el caos. Hay que joderse.
Antes se podían tener 0 preocupaciones y sentirse completo; ahora parece que si no tienes una parte de ti que se cae a pedazos, no eres una persona real.
Sé que me repito infinitísimas veces que estoy cansada y voy a hacer que todo cambie, y sigo aquí cruzada de brazos. Pero siempre encuentro excusas por las que es mejor dejar de arriesgarse y aprender a vivir con tus propias piezas. Aprender la forma de recomponerte parcialmente, lo suficiente para esperar al siguiente impacto pero sin que llegue a ser tanto como para que vuelva el dolor.
Siempre he pensado que el peor dolor es aquel que lo provocan causas que parecen querer esconderse de ti en lo más hondo del subconsciente, logrando que tu nivel de pérdida sea mayor a medida que te introduces más en la búsqueda de la raíz de los pinchazos de tu alma.
Pero, ¡ah! Se me olvidó ese pequeño detalle que lo aclara todo, o al menos lo intenta. Todos sabemos que el alma es algo tan abstracto como los sentimientos que la gobiernan. Y, ¿quién en su sano juicio confiaría en alcanzar algo intocable y depositar en ello todas las esperanzas de aliviar el daño?
Así, de nuevo, recurrimos a la solución más fácil, que no la más corta.
¡Ay, corazón! Nadie te avisó de que ocultarse no es un sinónimo de sanar y de que unas sábanas frías nunca conseguirían arroparte como unos susurros ahora ausentes.

martes, 6 de mayo de 2014

Try - P!nk

He oído miles de veces aquello de que siempre hay un bache en el camino, un cruce o, simplemente, un momento en el que pierdes el rumbo.

Me he sentado durante horas mirando a la nada, escuchando toda clase de consejos que, al fin y al cabo, se perdían en el caos de mi mente.

He resuelto mil problemas ajenos antes de ni siquiera plantearme el comenzar a recomponerme a mí misma.

He creído en mentiras y desconfiado de verdades.

Me he arrepentido un segundo después; ya sabes, justo en ese instante en el que es demasiado tarde.

He sentido rabia, impotencia y euforia de maneras tan desordenadas que me ha costado distinguirlas, pero, sobre todo, aprender a aceptarlas.

He luchado contra las ganas de tirar la toalla, con la esperanza de que esta algún día secaría el sudor que precede a una merecida recompensa tras un esfuerzo que jamás habría creído poder superar.

He tenido días buenos, tardes inolvidables, noches malas y madrugadas de insomnio.

He deseado lo que nunca alcanzaré, he soñado mundos imposibles y me he despertado con una mano invisible oprimiéndome el pecho y ojos que buscaban otros que los calmasen aún sabiendo que no encontrarían más que una cama repleta de miedos.

He aguantado el dolor de las despedidas, mientras las lágrimas se dedicaban a anudar mi garganta y a hacer temblar mi voz.

He dejado de disfrutar del “aquí y ahora” por echar de menos abrazos, personas, olores, risas, sonidos, caricias, miradas.

He intentado, por todos los medios posibles, que algunos besos no dejasen cicatrices en mi alma. Y he fallado. He fallado como aquel que intenta escribir un poema estando vacío.

Y he llegado a ese punto de desorientación en el que la única vía de escape es el cambio, el abandonar, olvidar y seguir adelante.

Sin embargo, los milímetros que te separan de la caída son un gran tiempo para pensar, por no decir el mejor. En situaciones desesperadas todo lo malo parece menos malo, y llegan las puestas de sol en la playa, las lágrimas de felicidad, los gritos del concierto del grupo de tus sueños, las promesas cumplidas, las metas realizadas, las bienvenidas con grandes pancartas, los deseos expirados al soplar las velas de cumpleaños, unos labios cálidos y suaves, el rastro de escalofrío que deja el roce de una mano, las carcajadas en las que te duele el estómago, las medias sonrisas, las siestas en compañía, las historias a la luz de una hoguera, los paseos por el parque… Y, afortunadamente, gente como tú.


Así que supongo que debo darte las gracias por ser de esa clase de personas que hacen que merezca la pena elegir continuar y que consiguen que todo lo bueno, sea mejor y, sin lugar a dudas, digno de recordar.

martes, 1 de abril de 2014

(Re-sentimientos)

Hacía meses que los amaneceres desde aquel ventanal se teñían con la nostalgia de las puestas de sol.
El humo del cigarro a medio consumir se desvanecía lentamente describiendo ondas al compás de la triste melodía que provenía del piano.
Habría deseado poder observar la Torre Eiffel o el London Eye, tal vez se habría conformado con un profundo bosque o un prado. Pero la realidad la golpeaba cada vez que se asomaba al pequeño balcón. Tan sólo una masa de casas oscuras se extendía bajo sus ojos. Parecían tristes, decaídas, ninguna razón aparente las obligaba a permanecer allí. Estaba segura de que hubiesen huido de haber tenido la capacidad de desplazarse. La angustia que transmitían todas aquellas ventanas cerradas le oprimió el pecho de tal manera que tuvo que poner gran cuidado en no tropezar con el pequeño escalón cuando escapó a refugiarse en su cuarto.
Se abrazó las piernas con tanta fuerza que casi podían hundirse en su pecho.
“Respira.”
Enfocó todos sus sentidos en notar como el aire se introducía lentamente en sus pulmones y los llenaba con aparente facilidad. Escuchó el susurro que escapó entre sus labios al expirar, como la señal que permitía que todos sus músculos se relajaran al fin. Cuando abrió los ojos todavía quedaba en su visión algo de aquel rojo cegador de las llamas devorando la casa de su infancia. Era extraño. Cuando aquello había ocurrido había sentido una culpable liberación. Todo lo perteneciente a la gran mansión había estado siempre relacionado con obligación y dependencia (sustantivos de los que nunca había sido muy amiga). Incluso sus padres eran tan sólo una cadena más que se aferraba a sus muñecas para no dejarla cumplir su sueño, que no era otro sino viajar a cualquier lugar lejos de allí y descubrir mundo, empaparse de las infinitas posibilidades que la vida le ofrecía. Sin embargo, una vez que hasta el más ínfimo resquicio de su pasado había quedado destruido, la esperada libertad no había llegado. Su pequeño piso en medio de la nada parecía estar amueblado con tristezas y temores, como un espejo que reflejaba lo que ocurría en su interior. Había tropezado con una realidad que rompía la única esperanza que alguna vez le había provocado sentimientos positivos, aunque estos habían sido tan efímeros que ni siquiera recordaba la sensación o sus nombres.
Se levantó permitiendo que sus pies rozasen lentamente el suelo frío y se dejó llevar por ellos cual autómata, resignada a la certeza de que aquel tan sólo era un día más en una rutina que la desgastaba poco a poco.
Al salir de la oficina voló a evadirse entre las estanterías de la biblioteca. Leer no le hacía sentirse bien, simplemente era una capa protectora que la envolvía y dejaba al resto del mundo en un universo paralelo que no podía tocarla. Pero aquel miércoles algo impedía que desconectase por completo.
Levantó la cabeza y descubrió que las interferencias en su burbuja estaban siendo provocadas por dos ojos oscuros que la observaban asomándose por el borde de un grueso volumen de tapas azules. Aquella mirada curiosa cambió de repente como respuesta a lo que imaginó que debía ser una sonrisa del chico, que se encontraba a pocos metros de allí. Algo parecido a un pellizco hizo que enarcase las cejas al percatarse de que aquel completo desconocido se levantaba interrumpiendo su lectura y se dirigía hacia ella. Su voz era suave y acarició aquellas palabras hasta convertirlas en la frase perfecta con la que empezar cualquier conversación:
-Me preguntaba cuando tendría la oportunidad de hablar contigo.
-¿Debo entender que no es la primera vez que me espías detrás de un libro?- Preguntó ella mientras pestañeaba más que de costumbre debido a la sorpresa.
-Vaya, tu voz es más bonita de lo que había imaginado.- Evadió la pregunta.- ¿Puedo sentarme?
Antes de que ella pudiese siquiera asentir, él ya se había apoderado de una silla.
Era la primera vez en mucho tiempo que la chica se paraba a observar detenidamente a alguien. Supuso que tal vez había dejado descansar su mirada sobre él demasiado tiempo cuando le oyó decir:
-¿Qué es tan especial en mí como para que no pares de mirarme fijamente?
Sintió un imperioso impulso de contestarle que probablemente fueran las pecas de sus mejillas, o la marcada mandíbula. Tal vez las largas pestañas, o el mechón de pelo castaño que hacía un pequeño remolino en su flequillo. Incluso podrían ser sus manos, que parecían demasiado delicadas para ser de un chico. Consiguió reprimirlo y se limitó a agachar la cabeza mientras estiraba las mangas de su jersey.
-Nada. Es sólo que no te había visto antes por aquí.
-No sueles fijarte mucho en tu alrededor, ¿me equivoco?- Ella negó con la cabeza y se retorció en la silla, incómoda. La presencia de aquel extraño tan cerca estaba removiendo algo en su interior que ni siquiera era consciente de tener. Resultaba estresante no poder reconocer al menos los propios sentimientos, era agotador intentar reprimirlos una y otra vez por miedo a lo desconocido. Pero aquella voz no dejó que se defendiese en toda la tarde.

Un cálido rayo de sol se deslizó por las sábanas blancas hasta acariciar sus párpados, que se abrieron al tiempo que una leve brisa hacía ondear las cortinas. Notó nuevamente como las comisuras de su boca se elevaban hacia arriba formando aquella curva que el chico de la biblioteca había llamado sonrisa. Posó las manos sobre la barandilla de metal del balcón que antes había sido su cárcel y respiró profundamente a la vez que elevaba los brazos e imaginaba que se hallaba en la proa de un inmenso barco que cortaba las olas de algún océano. Caminó con pequeños saltitos mientras se sorprendía a sí misma tarareando la canción que había escuchado el día anterior en el autobús de vuelta a casa. La cafetera borboteó alegremente y, tras unos segundos, el olor a café recién hecho inundó la estancia. Su cabeza bullía al tener que recibir y asimilar tantas sensaciones desconocidas en tan poco tiempo, pero aquello no la molestaba. No podría haber imaginado que se levantaría con tantas ganas un miércoles hasta que hacía unas semanas había notado como aquel inmenso vacío, que había aprendido a aceptar como parte de ella, se había llenado de aquello que tanta falta hacía al mundo entero.

Y ahora sabía bien que nadie se siente nunca tan vivo como cuando es consciente de que está volviendo a nacer.

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