domingo, 22 de marzo de 2015

Noche de domingo casi lunes.

Tengo un vacío en el alma que explota cada tres segundos.
Cada tres segundos explota y parece que salpica hasta los rincones que yo misma desconozco.

Ha empezado a corroer cada esquina, cada espina, cada cicatriz. Ha empezado a ocupar espacio. Y es irónico, porque está hueco.

He oído los gritos de cada parte de mi cuerpo, que se han atragantado con el frío. Aún recuerdo cuando este invierno se sentía como el comienzo de la primavera. Pero las flores se marchitan.
Y el agua, hiela.

Este vacío con complejo de bomba de relojería tiene la extraña manía de mantenerme con vida. Y mientras el tic-tac suena, incansable, mis ojos gritan que no quieren cerrarse.

Sin embargo, mi alma pesa y comienza a dejar huella en el colchón. Se hunde ante la ausencia de un cuerpo que la ayude, ya que el mío yace con la inquietante paciencia del que espera algo que sabe que nunca llega.

Ha terminado la canción.
Las últimas notas dejan paso al sabor agridulce del silencio.
Sin conexión.
Me acompañan el vértigo y las ganas tímidas pero tirantes de alejarme, arrojarme, desvanecerme.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Antítesis sin luna.

Se me agotan las ganas,
los días,
las horas,
se acaban.
Se me cansan los ojos,
el alma,
los cielos,
son otros.
Se congelan las mantas,
el tiempo,
las manos,
formaban cascadas.
Se ahogan los 'quiero',
palabras,
mi mar,
me arrastran al fondo.
Y gritan y chillan,
pretendiendo que escuche.
Y hablan susurrando,
mientras las sombras me cubren.
Y queda el silencio,
se apagan las luces.

martes, 4 de noviembre de 2014

Y aún así son lo mejor de los peores.


No puedes decir que me conoces si no me has visto en mis días malos.
Esos de resistirme a salir de debajo de las mantas porque desde ahí todos los problemas parecen más pequeños.
Esos de tiritar incluso con el sol entrando por la ventana, de tener las manos heladas y los pies fríos, reflejo de un corazón escarchado.
Esos en los que no importa quien me lo diga, ni como, que siempre miraré hacia bajo fingiendo una indiferencia que por suerte o por desgracia no padezco.
Esos que se alternan entre moño, coleta y pelo suelto, porque soy incapaz de estar cómoda con ninguna.
Esos de mirar fijamente un punto durante segundos interminables y seguir como si nada habiendo malgastado ese oro que vale el tiempo.
Esos de necesitar chillarle a un papel e impregnarlo de tinta, con una angustia que aprieta mi pecho en un puño como si se tratase de un montón de arena.
Esos, hoy.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Another Night - Mac Miller.

Se dice que hay noches buenas, tan solo aquellas que pasas acompañado.
Noches malas, en las que el vacío y el frío se hacen uno y se alían con el insomnio, haciendo que tus pensamientos se introduzcan lentamente en lo más profundo de tus más silenciosos miedos.
Noches peores, que provocan tan solo pesadillas tras haber descargado todo tu dolor en varios vasos de lágrimas.
Noches insalvables, las cuales no necesitan descripción alguna porque a todos nos atacan (y cabe destacar que además de insoportables, son inolvidables).
Al fin y al cabo, noches.
Ni buenas ni malas, tan solo oscuras.
Ni mejores ni peores, aunque asustan más las que son sin luna.
Me pregunto que tendrá ese momento del día con el antónimo como su nombre para que se hable tanto de ellas. 
Tal vez sea su calor en pleno agosto, o bien el hielo de mediados de febrero. 
Podría apostar por su infinita sensación de soledad, aunque en el cielo se peleen las estrellas por brillar entre el humo de las farolas.
Quizás el final de la ansiosa esperar por creer, durante milésimas de segundo, que hemos pulsado el interruptor que nos desconecta del rutinario ruido. La absurda certeza de que despertaremos y será un nuevo día, un día más sin haber sabido apreciar el que en ese momento es un día menos. 
Cabría pensar que tan solo es el concepto idealizado de que cuando el sol nos abandona suceden cosas extraordinarias, esas en las que todo el mundo cree o quiere creer, a pesar de no tener pruebas de ello.

Hoy añado una noche al calendario y en las pequeñas letras de debajo tan solo leo unos ojos cansados que luchan por dejar de permanecer abiertos, que intentan deshacerse y colarse entre las rendijas de una espiral ininteligible en la que se confunden el blanco y el negro, que quieren descansar unas pestañas que han soportado demasiado peso.

domingo, 3 de agosto de 2014

Letras en una servilleta.


Cuanto mayor es el salto, mayor es el riesgo y, por lo visto, más atraídos nos vemos por lo que queremos conseguir, que evidentemente se encuentra al otro lado del precipicio.
El temblor en las piernas, las manos sudorosas, la respiración agitada... todo parece apoderarse de nuestro cuerpo que, inocente, responde a los estímulos con una extraña mezcla de nerviosismo, placer y alegría: adrenalina.
Quizás el hecho de que la busquemos continuamente es que nos hace sentir vivos, activa todos nuestros sentidos, multiplica nuestra sensibilidad e incluso el mundo parece adquirir un color más brillante.
Y yo no hago más que preguntarme a qué clase de idiota se le ocurrió que la mejor manera de drogarse con adrenalina era hacer cosas peligrosas. Entonces, por un momento, mis pupilas chocan con las tuyas y lo comprendo. 
Ellos no te han conocido.

sábado, 2 de agosto de 2014

Somos, ¿o soy?

Dejé que el lápiz volase sobre el papel,
como tantas otras veces antes se había deslizado a lo largo de tu piel.
Dejé que la tinta formase palabras que fugazmente pasaban por mi mente,
en la cual existía ese único pensamiento, en pretérito, de tenerte.
Dejé, por primera vez en los minutos que formaban una eternidad,
que mis miedos turbasen unas pupilas que huían continuamente de quedar cegadas ante el peso de la realidad.
Y mirando una hoja manchada de sentimientos incomprensibles que no paraban de sangrar,
acepté que somos letras sin sentido hasta que alguien aprende a leernos entre líneas, del revés y sin tartamudear.

lunes, 9 de junio de 2014

Panic Cord - Gabrielle Aplin

Salgo a despejarme y lo único que consigo es aumentar el caos. Hay que joderse.
Antes se podían tener 0 preocupaciones y sentirse completo; ahora parece que si no tienes una parte de ti que se cae a pedazos, no eres una persona real.
Sé que me repito infinitísimas veces que estoy cansada y voy a hacer que todo cambie, y sigo aquí cruzada de brazos. Pero siempre encuentro excusas por las que es mejor dejar de arriesgarse y aprender a vivir con tus propias piezas. Aprender la forma de recomponerte parcialmente, lo suficiente para esperar al siguiente impacto pero sin que llegue a ser tanto como para que vuelva el dolor.
Siempre he pensado que el peor dolor es aquel que lo provocan causas que parecen querer esconderse de ti en lo más hondo del subconsciente, logrando que tu nivel de pérdida sea mayor a medida que te introduces más en la búsqueda de la raíz de los pinchazos de tu alma.
Pero, ¡ah! Se me olvidó ese pequeño detalle que lo aclara todo, o al menos lo intenta. Todos sabemos que el alma es algo tan abstracto como los sentimientos que la gobiernan. Y, ¿quién en su sano juicio confiaría en alcanzar algo intocable y depositar en ello todas las esperanzas de aliviar el daño?
Así, de nuevo, recurrimos a la solución más fácil, que no la más corta.
¡Ay, corazón! Nadie te avisó de que ocultarse no es un sinónimo de sanar y de que unas sábanas frías nunca conseguirían arroparte como unos susurros ahora ausentes.

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