He estado pensando en el porqué de
escribir.
Siempre había estado convencida de que
simplemente era una forma de desahogarme, de exponer mis sentimientos
en cada una de las letras, de imaginarme que te saco de mi cabeza por
un momento.
Pero, realmente, ¿de qué soga estoy
intentando liberarme? ¿Cuáles son los sentimientos, de todo este
caos interno, que intento reflejar en mis palabras? Y, ¿quién eres
tú? ¿Por qué te escribo? ¿Qué haces en mi cabeza, revolviéndolo
todo a tu antojo como si ella sola no causase ya bastantes problemas?
Creo que he tenido suficiente.
Ya caminaste por cada uno de los huecos
de mi alma, sin tener en cuenta lo que pisabas ni mirar aquello que
destrozabas a tu paso.
Pero, qué bonito se me hacía aquel
desorden y qué contento se ponía mi corazón cada vez que te veía
pasear a mi lado.
Le maldecía cuando decidía dar saltos
hasta que su rosado color se reflejaba en mis mejillas. Su manía con
hacerse notar me hacía difícil evitar que mis ojos fuesen un libro
abierto en el que tú podías devorar cada una de las dudas que me
hacían tartamudear.
¿Cuántas veces lo hiciste? Me refiero
a leer mi mente sin encontrar barreras y actuar como si no me
conocieras. ¿No te bastaba que mis cinco sentidos se estremeciesen
con tu tacto? ¿No eran suficiente reales mis sonrisas? Porque te
aseguro que tan sinceras como las que surgían junto a tus labios,
hay pocas en este mundo.
Pero ahora me he dado cuenta de que el
mundo va más allá de tus clavículas (a fuerza de tropezarme con
ellas).
Te preguntarás porqué, si estoy tan
convencida de que hay más colores aparte del marrón de tus ojos,
sigo pidiéndote cada día que salgas de aquí, que me dejes
olvidarte.
Si quieres la verdad, te lo ruego sin
pronunciar palabra para que no puedas oírlo. Porque si lamenté el
empezar a perderte sin decir nada, imagina los remordimientos si te
vas definitivamente por mi culpa.
Ahora que has vuelto a conseguir, sin proponértelo, que me acuerde de ti en cada frase, hazme un favor: quiéreme como lo hacías antes de probar mis besos, espérame bajo la lluvia imaginándote que volvemos a aquellas tardes soleadas de agosto, abrázame con aquel miedo del principio (sí, ese que tú superaste y en el que yo me estoy hundiendo), háblame de nada, cuéntamelo todo, confía en mí para escabullirte de tus problemas, deja descansar tu cabeza en mi hombro y que nuestras respiraciones cojan un mismo compás, roza tus dedos con los míos con la misma delicadeza con la que susurras incoherencias que hacen girar mi mundo, escucha el ritmo de mis latidos que parecen ir al son de nuestras canciones.
He evitado los tiempos pasados para que
lo sientas en presente.
Haz un último esfuerzo por no dejarme
acostumbrarme a cómo dueles.
Termina la canción y sigo sin
averiguar las razones por las que escribo.
Échame de menos, por favor.
Y otros sin-sentidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario