Sin apenas pensarlo, estaba
preguntándole a un vaso vacío si mis lágrimas tendrían alguna
utilidad llenándolo.
Pero me di cuenta que no podría
beberlas, ¿acaso a alguien le gusta atragantarse con el agua del
mar?
Comprobé con los ojos nublados como
cada una de las gotas se dirigía a una velocidad de vértigo hacia
el suelo, pero siempre aterrizaban en sitios diferentes y supe que la
mayoría caerían fuera del vaso y quedarían desperdiciadas.
Me fijé entonces en una de ellas que
había decidido romperse junto a uno de los numerosos lápices que
había desperdigados sobre la mesa. Pensé en su tamaño y comprobé
que, irónicamente, una sola de ellas era capaz de ahogarme y que
cientos podían hacer que me sintiese alguien mínimo,
insignificante, inexistente.
¿Cuántas harían falta para cubrir
aquel recipiente de cristal? (O al menos para que a mi me pareciese
que estaba medio lleno)
Llena. Así estaba yo, ¿no? Quizás
así era como me sentía o como quería sentirme. O tal vez, no
preguntes, sea la única palabra del diccionario que encuentro
adecuada para describir de forma rápida algo que aprendimos
demasiado lento.
Lentamente y sin levantar sospecha.
Aquella fue la manera en la que comenzaste a formar parte de mí,
pero también con la que te alejaste.
Sin decir nada, evitando las
despedidas.
Y yo fui incapaz de alcanzarte, porque
incluso teniéndote entre mis brazos vagabas a kilómetros de mi.
Que tonta, ¿verdad? Pude haberme dado
cuenta antes.
¿Cómo no me fijé en tus ojos tristes
y en tus gestos vagos, desganados? Supongo (y acierto) que nada
proveniente de ti se me hacía extraño, así de acostumbrada estaba,
ya ves.
Supongo que se me hizo demasiado fácil
perderme en tus pestañas, que tus pupilas eran el único punto negro
que me sacaba de quicio (sin hablar de tus lunares, esos que sigo
teniendo antojo de contar).
Supongo que era tan tuya que te creía igual de mío.
Compréndeme.
Incluso el depender de ti me daba vida.
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