Me encontraste.
Hiciste que siguiese un camino sin
piedras, sin tramos difíciles de distinguir.
Conseguiste que todo pareciese fácil,
incluso eso de tener que despedirnos cada tarde.
Dijiste mil frases de las que se graban
a fuego lento y muy dentro.
Te ganaste aquella confianza expresada
con sonrisas tímidas.
Mis labios se aprendieron de memoria
cada corte de los tuyos.
Cada hueco entre mis dedos se amoldó
esperando recibir tu mano.
Tu respiración parecía acariciar mi
cuello con tanta delicadeza que hasta dolía.
Como duele ahora tropezarse con cada
obstáculo que se interpone en mi camino,
Complicar las cosas más sencillas y no
pisar desde hace tiempo la estación,
Recordar cada una de las cicatrices que
provocaron tus palabras y pensar que en algún momento me encantó
tenerlas,
Contemplar un muro de indiferencia que
no es capaz de curar mis debilidades,
Sentir pinchazos en el estómago con
mordiscos que nunca llegan,
Escribir números y letras en mis
muñecas como si fuesen a llevarse tu ausencia,
Suspirar porque me faltas y susurrarle
en silencio a la nada.
Que no sé si me cuesta asumirlo o
explicarlo, pero la realidad es que me perdí o me perdiste o quizás
tan sólo dejamos de buscarnos.
Pero si fuera esto último la causa,
explícame porqué sigo tratando de entender unas razones que no
encuentro en ninguna canción.
Explícame, tú que tantas veces me
tranquilizabas, dónde estás ahora que te necesito para levantarme
de una caída más dura que las anteriores.
Porque el único motivo que le
encuentro al no tenerte es que recorrí muy pocas veces tu espalda y
ella ya no recuerda mis huellas de la manera en que mi almohada lo
hace con tu colonia.
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