miércoles, 2 de diciembre de 2015

2 de diciembre.

Las 6 de la mañana de hoy venían cargadas con un especial peso de las sábanas (y el mundo).

Yo, sin intención de resistirme, me he dejado vencer antes siquiera de pronunciar el famoso "5 minutos más". He dejado que el colchón volviese a acoger lo poco de mí que había conseguido despertarse.

Y he odiado levantarme después. Lo he odiado porque todo seguía tan vacío como media hora antes. Tan callado a pesar de los ruidos de la cocina y del agua de la ducha corriendo en el baño azul. Tan oscuro.

Mi yo de hoy, guiado más por la inercia que por las fuerzas o las ganas, ha actuado como un autómata y seguido la rutina de cada jueves: desayuna, dúchate, vístete, abrígate, bolso, móvil, llaves, dinero, abono, puerta, ascensor, coche, estación, tren de las 8.12.

Tren de las 8.12, 8.39 y yo sigo escribiendo esto.

Escribiendo y sin ordenar mis sentimientos (una vez más). Sin tener claro cuán grande se me hace el mundo hoy, o cuán pequeña soy yo para el mundo.

martes, 24 de noviembre de 2015

En el tren de las 17:07

Mientras el sol de un atardecer frío de noviembre trata de llegar hasta mis pupilas a través de los cristales del vagón, suena esa canción en la que hoy quiero perderme.
Me gustaría colarme entre sus letras, y recorrerlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, una y otra  vez.
Acariciar los acordes y dejar mi mente danzar con la melodía.
Ser cada una de las notas, o todas al mismo tiempo.
Es extraño, pienso. Y vuelvo a preguntarme cómo es posible que cada hilo de voz cale tan hondo. Cómo explicar que a pesar de los apenas cuatro grados que reinan fuera, mis mejillas arden y mis ojos brillan.

El sonido del tren llegando a la siguiente estación hace que mire unos asientos más allá. Gente, gente por todas partes. De nuevo ese escalofrío y la reacción casi instantánea de mis manos escondiéndose en las mangas del jersey. Y una señora saltando al andén en el último minuto, un niño que mira a su padre con los ojos medio cubiertos por el gorro, un hombre que se frota los ojos mientras contesta otra llamada. Yo, comprobando una vez más la hora. Unos ojos claros que observan, dos sonrisas que chocan sin venir a cuento. Pulso replay.

Los sonidos vuelven a sumirme en algo parecido al sueño y llegan los mismos pensamientos. Pero ahora me siento atrapada, y es que no soy capaz de ir más allá. Continúo haciéndome las mismas preguntas que carecen de respuesta. Vacío. Un vacío que se instala y sólo se llena con ruido. Y ese ruido ya no es mi canción, ese ruido ya no es el refugio al que yo en principio había huido.

Busco desconectar en el cartel que reza: destino.
Pero qué hago si no sé cuál es el mío.

(Que si yo soy un caos, mi cabeza lo es más; perdón por el desorden)

jueves, 12 de noviembre de 2015

Lucha interna.

Que ya lo sé.

Ya sé lo que es cagarla confiando plenamente en que todo se solucionará después. Que tarde o temprano las cosas acabarán en su sitio por sí solas.
Ya sé lo que es cerrar los ojos para ignorar el fallo, sé lo que se siente cuando te das de bruces con todo lo que habías ocultado debajo de la almohada.
Ya sé cómo es eso de amarrarse a un corazón hecho trizas sólo por leer cada una de las partes una y otra vez.
Y de qué sirve.

Ya lo sé.

Sé que me oculto detrás de la sudadera más gruesa que encuentre, metáfora de la coraza que decido ponerme todos los días.
No hace falta que nadie me diga que, cuando menos me lo espere, voy a atragantarme con tantos sentimientos reprimidos y tantas lágrimas encerradas en algún sitio donde me sea fácil fingir que las olvido.
Soy consciente de que en mis peores días no hay quien me saque de la cama, porque bajo el edredón todos los niños creemos que estamos a salvo de los monstruos.

Y soy la primera que lo siente.

Que sí, que estoy cansada de escribir y que cada una de las letras no haga más que escocer. Cansada de que algunas heridas nunca sanen y de que el resto de cicatrices sean demasiado evidentes.
Para ser sinceros, ya no sé si el dolor es real o me he acostumbrado tanto a esa sensación de continuo pánico que lo acepto como mi estado normal.

Porque no lo sé, no sé como arreglarme.
Ni siquiera sé si estoy rota.
Pero sigo poniéndome tiritas cuando duele.

Y perdonadme si hoy, a pesar de estar rodeada de canciones, he escrito más desde la cabeza que desde el corazón.

domingo, 22 de marzo de 2015

Noche de domingo casi lunes.

Tengo un vacío en el alma que explota cada tres segundos.
Cada tres segundos explota y parece que salpica hasta los rincones que yo misma desconozco.

Ha empezado a corroer cada esquina, cada espina, cada cicatriz. Ha empezado a ocupar espacio. Y es irónico, porque está hueco.

He oído los gritos de cada parte de mi cuerpo, que se han atragantado con el frío. Aún recuerdo cuando este invierno se sentía como el comienzo de la primavera. Pero las flores se marchitan.
Y el agua, hiela.

Este vacío con complejo de bomba de relojería tiene la extraña manía de mantenerme con vida. Y mientras el tic-tac suena, incansable, mis ojos gritan que no quieren cerrarse.

Sin embargo, mi alma pesa y comienza a dejar huella en el colchón. Se hunde ante la ausencia de un cuerpo que la ayude, ya que el mío yace con la inquietante paciencia del que espera algo que sabe que nunca llega.

Ha terminado la canción.
Las últimas notas dejan paso al sabor agridulce del silencio.
Sin conexión.
Me acompañan el vértigo y las ganas tímidas pero tirantes de alejarme, arrojarme, desvanecerme.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Antítesis sin luna.

Se me agotan las ganas,
los días,
las horas,
se acaban.
Se me cansan los ojos,
el alma,
los cielos,
son otros.
Se congelan las mantas,
el tiempo,
las manos,
formaban cascadas.
Se ahogan los 'quiero',
palabras,
mi mar,
me arrastran al fondo.
Y gritan y chillan,
pretendiendo que escuche.
Y hablan susurrando,
mientras las sombras me cubren.
Y queda el silencio,
se apagan las luces.

martes, 4 de noviembre de 2014

Y aún así son lo mejor de los peores.


No puedes decir que me conoces si no me has visto en mis días malos.
Esos de resistirme a salir de debajo de las mantas porque desde ahí todos los problemas parecen más pequeños.
Esos de tiritar incluso con el sol entrando por la ventana, de tener las manos heladas y los pies fríos, reflejo de un corazón escarchado.
Esos en los que no importa quien me lo diga, ni como, que siempre miraré hacia bajo fingiendo una indiferencia que por suerte o por desgracia no padezco.
Esos que se alternan entre moño, coleta y pelo suelto, porque soy incapaz de estar cómoda con ninguna.
Esos de mirar fijamente un punto durante segundos interminables y seguir como si nada habiendo malgastado ese oro que vale el tiempo.
Esos de necesitar chillarle a un papel e impregnarlo de tinta, con una angustia que aprieta mi pecho en un puño como si se tratase de un montón de arena.
Esos, hoy.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Another Night - Mac Miller.

Se dice que hay noches buenas, tan solo aquellas que pasas acompañado.
Noches malas, en las que el vacío y el frío se hacen uno y se alían con el insomnio, haciendo que tus pensamientos se introduzcan lentamente en lo más profundo de tus más silenciosos miedos.
Noches peores, que provocan tan solo pesadillas tras haber descargado todo tu dolor en varios vasos de lágrimas.
Noches insalvables, las cuales no necesitan descripción alguna porque a todos nos atacan (y cabe destacar que además de insoportables, son inolvidables).
Al fin y al cabo, noches.
Ni buenas ni malas, tan solo oscuras.
Ni mejores ni peores, aunque asustan más las que son sin luna.
Me pregunto que tendrá ese momento del día con el antónimo como su nombre para que se hable tanto de ellas. 
Tal vez sea su calor en pleno agosto, o bien el hielo de mediados de febrero. 
Podría apostar por su infinita sensación de soledad, aunque en el cielo se peleen las estrellas por brillar entre el humo de las farolas.
Quizás el final de la ansiosa esperar por creer, durante milésimas de segundo, que hemos pulsado el interruptor que nos desconecta del rutinario ruido. La absurda certeza de que despertaremos y será un nuevo día, un día más sin haber sabido apreciar el que en ese momento es un día menos. 
Cabría pensar que tan solo es el concepto idealizado de que cuando el sol nos abandona suceden cosas extraordinarias, esas en las que todo el mundo cree o quiere creer, a pesar de no tener pruebas de ello.

Hoy añado una noche al calendario y en las pequeñas letras de debajo tan solo leo unos ojos cansados que luchan por dejar de permanecer abiertos, que intentan deshacerse y colarse entre las rendijas de una espiral ininteligible en la que se confunden el blanco y el negro, que quieren descansar unas pestañas que han soportado demasiado peso.

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