miércoles, 13 de abril de 2016

Gritos a tu espalda.

Mentiría si dijese que he tratado de olvidarme del ritmo de tus dedos recorriendo mi espalda.
Mentiría,
pues más bien se ha convertido en la cadencia que siguen mis latidos hasta que se desbocan al roce de un recuerdo.
Ojalá permaneciese siempre tan nítida esa imagen de tus ojos
posándose en mi con esa mirada que sólo tú tienes,
para después cerrarse y dar paso a un suspiro que haga temblar todo mi cuerpo.

Mentiría si dijese que odio esa sensación de vértigo que golpea mi estómago cada vez que me besas.
Mentiría,
pues cuento las horas para volver a sentirme al borde de un precipicio.
Ojalá siga perdiendo la cuenta de todos los escalofríos
que me hacen tambalearme y buscar mi refugio entre tus brazos.
Y entre tus sábanas.

Mentiría,
mentiría si pudiese disimular que me llena sentir tu piel contra la mía.
Mentiría a gritos si no prefiriese los susurros en tu oído o en tus labios.

Mentiría...
Pero me siento tan segura que ni siquiera necesito pedirte que no me sueltes,


aunque mis ojos se desvivan por hacértelo saber.

martes, 16 de febrero de 2016

Cuando me rompo.

Soy sólo el mar que desciende por tus mejillas, 
te acaricia la barbilla 
y osa mojarte la ropa.

Soy sólo la gota que aterriza,
con prisa,
sobre tu cuello 
y después no encuentra la manera 
(ni las ganas)
de marcharse.

Tan sólo la pizca de agua
que se cuela entre tus labios
cuando andas despistada.
Esa que pasea por tu lengua,
y sueña con perderse en tu garganta.

Hoy soy sólo la explosión
y los daños colaterales.

viernes, 15 de enero de 2016

Séptimo (intento de) sueño.

Sigue corriendo,
no te pares.

Voces que te gritan aunque no quieras girarte.
Voces que te incitan a quedarte.
Voces que no entienden, y voces que critican.
Y tu corazón en llamas reduciéndose a cenizas.

El humo del incendio que parecía extinguido,
asciende por tu pecho
y tapona tus oídos.
Con la mirada ahora nublada
y el alma presa en un pañuelo,
tratas de ocultar los huecos que se abren en tu espalda.

Vías de escape atravesando laberintos,
con la tímida intención de no encontrar una salida,
con las ganas reprimidas de no doblar la siguiente esquina.

Y darlo todo por no descubrir la próxima canción de tus latidos.
Todo por no escribir, por no sentir.
Por permanecer dormido.

(Todo por conseguir que este huracán sea sólo mío)

lunes, 4 de enero de 2016

Inmarcesible.

Aquella noche la luna estaba llena, como si tratase de compensar el vacío en su interior. Como si quisiese desvelar, con su luz a la par pálida y fría, las invisibles cicatrices que recorrían aquella silueta recortada con esmero por algún artista de nombre ya olvidado. Entonces ella ladeó con cuidado la cabeza y frunció suavemente el ceño, interrogante. Tras un breve parpadeo y una inspiración profunda, supo con certeza que había llegado la hora.

Clavó sus ojos en la celestial esfera vigilante; pero a pesar de la aparente seguridad de su mirada, titubeó varias veces antes de llevar sus manos a sus hombros y agarrarlos con firmeza. Lentamente, se desprendió de aquella piel rasgada y frágil, la cual hacía mucho tiempo que fingía ser coraza. Con la delicadeza de quien es amigo del dolor, depositó su yo marchito en el perchero, como quien cuelga ese abrigo que hace meses se le quedó pequeño.

Anhelando ser tan eterna como la luna, tan infinita como el firmamento, dejó yacer su alma sobre las arrugadas sábanas. El murmullo del viento la acunaba, mientras los níveos haces la acariciaban y bañaban.

Y el calor ausente no pudo evitar que, al llegar el alba, ella se sintiese más viva que nunca.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

2 de diciembre.

Las 6 de la mañana de hoy venían cargadas con un especial peso de las sábanas (y el mundo).

Yo, sin intención de resistirme, me he dejado vencer antes siquiera de pronunciar el famoso "5 minutos más". He dejado que el colchón volviese a acoger lo poco de mí que había conseguido despertarse.

Y he odiado levantarme después. Lo he odiado porque todo seguía tan vacío como media hora antes. Tan callado a pesar de los ruidos de la cocina y del agua de la ducha corriendo en el baño azul. Tan oscuro.

Mi yo de hoy, guiado más por la inercia que por las fuerzas o las ganas, ha actuado como un autómata y seguido la rutina de cada jueves: desayuna, dúchate, vístete, abrígate, bolso, móvil, llaves, dinero, abono, puerta, ascensor, coche, estación, tren de las 8.12.

Tren de las 8.12, 8.39 y yo sigo escribiendo esto.

Escribiendo y sin ordenar mis sentimientos (una vez más). Sin tener claro cuán grande se me hace el mundo hoy, o cuán pequeña soy yo para el mundo.

martes, 24 de noviembre de 2015

En el tren de las 17:07

Mientras el sol de un atardecer frío de noviembre trata de llegar hasta mis pupilas a través de los cristales del vagón, suena esa canción en la que hoy quiero perderme.
Me gustaría colarme entre sus letras, y recorrerlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, una y otra  vez.
Acariciar los acordes y dejar mi mente danzar con la melodía.
Ser cada una de las notas, o todas al mismo tiempo.
Es extraño, pienso. Y vuelvo a preguntarme cómo es posible que cada hilo de voz cale tan hondo. Cómo explicar que a pesar de los apenas cuatro grados que reinan fuera, mis mejillas arden y mis ojos brillan.

El sonido del tren llegando a la siguiente estación hace que mire unos asientos más allá. Gente, gente por todas partes. De nuevo ese escalofrío y la reacción casi instantánea de mis manos escondiéndose en las mangas del jersey. Y una señora saltando al andén en el último minuto, un niño que mira a su padre con los ojos medio cubiertos por el gorro, un hombre que se frota los ojos mientras contesta otra llamada. Yo, comprobando una vez más la hora. Unos ojos claros que observan, dos sonrisas que chocan sin venir a cuento. Pulso replay.

Los sonidos vuelven a sumirme en algo parecido al sueño y llegan los mismos pensamientos. Pero ahora me siento atrapada, y es que no soy capaz de ir más allá. Continúo haciéndome las mismas preguntas que carecen de respuesta. Vacío. Un vacío que se instala y sólo se llena con ruido. Y ese ruido ya no es mi canción, ese ruido ya no es el refugio al que yo en principio había huido.

Busco desconectar en el cartel que reza: destino.
Pero qué hago si no sé cuál es el mío.

(Que si yo soy un caos, mi cabeza lo es más; perdón por el desorden)

jueves, 12 de noviembre de 2015

Lucha interna.

Que ya lo sé.

Ya sé lo que es cagarla confiando plenamente en que todo se solucionará después. Que tarde o temprano las cosas acabarán en su sitio por sí solas.
Ya sé lo que es cerrar los ojos para ignorar el fallo, sé lo que se siente cuando te das de bruces con todo lo que habías ocultado debajo de la almohada.
Ya sé cómo es eso de amarrarse a un corazón hecho trizas sólo por leer cada una de las partes una y otra vez.
Y de qué sirve.

Ya lo sé.

Sé que me oculto detrás de la sudadera más gruesa que encuentre, metáfora de la coraza que decido ponerme todos los días.
No hace falta que nadie me diga que, cuando menos me lo espere, voy a atragantarme con tantos sentimientos reprimidos y tantas lágrimas encerradas en algún sitio donde me sea fácil fingir que las olvido.
Soy consciente de que en mis peores días no hay quien me saque de la cama, porque bajo el edredón todos los niños creemos que estamos a salvo de los monstruos.

Y soy la primera que lo siente.

Que sí, que estoy cansada de escribir y que cada una de las letras no haga más que escocer. Cansada de que algunas heridas nunca sanen y de que el resto de cicatrices sean demasiado evidentes.
Para ser sinceros, ya no sé si el dolor es real o me he acostumbrado tanto a esa sensación de continuo pánico que lo acepto como mi estado normal.

Porque no lo sé, no sé como arreglarme.
Ni siquiera sé si estoy rota.
Pero sigo poniéndome tiritas cuando duele.

Y perdonadme si hoy, a pesar de estar rodeada de canciones, he escrito más desde la cabeza que desde el corazón.

Datos personales

About