Salgo a despejarme y lo único que consigo es aumentar el caos. Hay que joderse.
Antes se podían tener 0 preocupaciones y sentirse completo; ahora parece que si no tienes una parte de ti que se cae a pedazos, no eres una persona real.
Sé que me repito infinitísimas veces que estoy cansada y voy a hacer que todo cambie, y sigo aquí cruzada de brazos. Pero siempre encuentro excusas por las que es mejor dejar de arriesgarse y aprender a vivir con tus propias piezas. Aprender la forma de recomponerte parcialmente, lo suficiente para esperar al siguiente impacto pero sin que llegue a ser tanto como para que vuelva el dolor.
Siempre he pensado que el peor dolor es aquel que lo provocan causas que parecen querer esconderse de ti en lo más hondo del subconsciente, logrando que tu nivel de pérdida sea mayor a medida que te introduces más en la búsqueda de la raíz de los pinchazos de tu alma.
Pero, ¡ah! Se me olvidó ese pequeño detalle que lo aclara todo, o al menos lo intenta. Todos sabemos que el alma es algo tan abstracto como los sentimientos que la gobiernan. Y, ¿quién en su sano juicio confiaría en alcanzar algo intocable y depositar en ello todas las esperanzas de aliviar el daño?
Así, de nuevo, recurrimos a la solución más fácil, que no la más corta.
¡Ay, corazón! Nadie te avisó de que ocultarse no es un sinónimo de sanar y de que unas sábanas frías nunca conseguirían arroparte como unos susurros ahora ausentes.
"It is important to remember that your scar is also a reminder that you are healed."
lunes, 9 de junio de 2014
Panic Cord - Gabrielle Aplin
martes, 6 de mayo de 2014
Try - P!nk
He oído miles de veces aquello de que siempre hay un bache
en el camino, un cruce o, simplemente, un momento en el que pierdes el rumbo.
Me he sentado durante horas mirando a la nada, escuchando
toda clase de consejos que, al fin y al cabo, se perdían en el caos de mi
mente.
He resuelto mil problemas ajenos antes de ni siquiera
plantearme el comenzar a recomponerme a mí misma.
He creído en mentiras y desconfiado de verdades.
Me he arrepentido un segundo después; ya sabes, justo en ese
instante en el que es demasiado tarde.
He sentido rabia, impotencia y euforia de maneras tan desordenadas
que me ha costado distinguirlas, pero, sobre todo, aprender a aceptarlas.
He luchado contra las ganas de tirar la toalla, con la
esperanza de que esta algún día secaría el sudor que precede a una merecida
recompensa tras un esfuerzo que jamás habría creído poder superar.
He tenido días buenos, tardes inolvidables, noches malas y
madrugadas de insomnio.
He deseado lo que nunca alcanzaré, he soñado mundos
imposibles y me he despertado con una mano invisible oprimiéndome el pecho y ojos
que buscaban otros que los calmasen aún sabiendo que no encontrarían más que
una cama repleta de miedos.
He aguantado el dolor de las despedidas, mientras las
lágrimas se dedicaban a anudar mi garganta y a hacer temblar mi voz.
He dejado de disfrutar del “aquí y ahora” por echar de menos
abrazos, personas, olores, risas, sonidos, caricias, miradas.
He intentado, por todos los medios posibles, que algunos
besos no dejasen cicatrices en mi alma. Y he fallado. He fallado como aquel que
intenta escribir un poema estando vacío.
Y he llegado a ese punto de desorientación en el que la
única vía de escape es el cambio, el abandonar, olvidar y seguir adelante.
Sin embargo, los milímetros que te separan de la caída son
un gran tiempo para pensar, por no decir el mejor. En situaciones desesperadas
todo lo malo parece menos malo, y llegan las puestas de sol en la playa, las
lágrimas de felicidad, los gritos del concierto del grupo de tus sueños, las
promesas cumplidas, las metas realizadas, las bienvenidas con grandes
pancartas, los deseos expirados al soplar las velas de cumpleaños, unos labios
cálidos y suaves, el rastro de escalofrío que deja el roce de una mano, las
carcajadas en las que te duele el estómago, las medias sonrisas, las siestas en
compañía, las historias a la luz de una hoguera, los paseos por el parque… Y, afortunadamente,
gente como tú.
Así que supongo que debo darte las gracias por ser de esa
clase de personas que hacen que merezca la pena elegir continuar y que consiguen
que todo lo bueno, sea mejor y, sin lugar a dudas, digno de recordar.
martes, 1 de abril de 2014
(Re-sentimientos)
Hacía meses que
los amaneceres desde aquel ventanal se teñían con la nostalgia de las puestas
de sol.
El humo del
cigarro a medio consumir se desvanecía lentamente describiendo ondas al compás
de la triste melodía que provenía del piano.
Habría deseado
poder observar la Torre Eiffel o el London Eye, tal vez se habría conformado
con un profundo bosque o un prado. Pero la realidad la golpeaba cada vez que se
asomaba al pequeño balcón. Tan sólo una masa de casas oscuras se extendía bajo
sus ojos. Parecían tristes, decaídas, ninguna razón aparente las obligaba a
permanecer allí. Estaba segura de que hubiesen huido de haber tenido la
capacidad de desplazarse. La angustia que transmitían todas aquellas ventanas
cerradas le oprimió el pecho de tal manera que tuvo que poner gran cuidado en
no tropezar con el pequeño escalón cuando escapó a refugiarse en su cuarto.
Se abrazó las
piernas con tanta fuerza que casi podían hundirse en su pecho.
“Respira.”
Enfocó todos sus
sentidos en notar como el aire se introducía lentamente en sus pulmones y los
llenaba con aparente facilidad. Escuchó el susurro que escapó entre sus labios
al expirar, como la señal que permitía que todos sus músculos se relajaran al
fin. Cuando abrió los ojos todavía quedaba en su visión algo de aquel rojo
cegador de las llamas devorando la casa de su infancia. Era extraño. Cuando
aquello había ocurrido había sentido una culpable liberación. Todo lo
perteneciente a la gran mansión había estado siempre relacionado con obligación
y dependencia (sustantivos de los que nunca había sido muy amiga). Incluso sus
padres eran tan sólo una cadena más que se aferraba a sus muñecas para no
dejarla cumplir su sueño, que no era otro sino viajar a cualquier lugar lejos
de allí y descubrir mundo, empaparse de las infinitas posibilidades que la vida
le ofrecía. Sin embargo, una vez que hasta el más ínfimo resquicio de su pasado
había quedado destruido, la esperada libertad no había llegado. Su pequeño piso
en medio de la nada parecía estar amueblado con tristezas y temores, como un
espejo que reflejaba lo que ocurría en su interior. Había tropezado con una
realidad que rompía la única esperanza que alguna vez le había provocado
sentimientos positivos, aunque estos habían sido tan efímeros que ni siquiera recordaba
la sensación o sus nombres.
Se levantó
permitiendo que sus pies rozasen lentamente el suelo frío y se dejó llevar por
ellos cual autómata, resignada a la certeza de que aquel tan sólo era un día
más en una rutina que la desgastaba poco a poco.
Al salir de la
oficina voló a evadirse entre las estanterías de la biblioteca. Leer no le
hacía sentirse bien, simplemente era una capa protectora que la envolvía y
dejaba al resto del mundo en un universo paralelo que no podía tocarla. Pero
aquel miércoles algo impedía que desconectase por completo.
Levantó la cabeza
y descubrió que las interferencias en su burbuja estaban siendo provocadas por
dos ojos oscuros que la observaban asomándose por el borde de un grueso volumen
de tapas azules. Aquella mirada curiosa cambió de repente como respuesta a lo
que imaginó que debía ser una sonrisa del chico, que se encontraba a pocos
metros de allí. Algo parecido a un pellizco hizo que enarcase las cejas al
percatarse de que aquel completo desconocido se levantaba interrumpiendo su
lectura y se dirigía hacia ella. Su voz era suave y acarició aquellas palabras
hasta convertirlas en la frase perfecta con la que empezar cualquier
conversación:
-Me preguntaba
cuando tendría la oportunidad de hablar contigo.
-¿Debo entender que
no es la primera vez que me espías detrás de un libro?- Preguntó ella mientras
pestañeaba más que de costumbre debido a la sorpresa.
-Vaya, tu voz es
más bonita de lo que había imaginado.- Evadió la pregunta.- ¿Puedo sentarme?
Antes de que ella
pudiese siquiera asentir, él ya se había apoderado de una silla.
Era la primera vez
en mucho tiempo que la chica se paraba a observar detenidamente a alguien.
Supuso que tal vez había dejado descansar su mirada sobre él demasiado tiempo
cuando le oyó decir:
-¿Qué es tan
especial en mí como para que no pares de mirarme fijamente?
Sintió un
imperioso impulso de contestarle que probablemente fueran las pecas de sus mejillas,
o la marcada mandíbula. Tal vez las largas pestañas, o el mechón de pelo
castaño que hacía un pequeño remolino en su flequillo. Incluso podrían ser sus
manos, que parecían demasiado delicadas para ser de un chico. Consiguió
reprimirlo y se limitó a agachar la cabeza mientras estiraba las mangas de su
jersey.
-Nada. Es sólo que
no te había visto antes por aquí.
-No sueles fijarte
mucho en tu alrededor, ¿me equivoco?- Ella negó con la cabeza y se retorció en
la silla, incómoda. La presencia de aquel extraño tan cerca estaba removiendo
algo en su interior que ni siquiera era consciente de tener. Resultaba
estresante no poder reconocer al menos los propios sentimientos, era agotador
intentar reprimirlos una y otra vez por miedo a lo desconocido. Pero aquella
voz no dejó que se defendiese en toda la tarde.
Un cálido rayo de
sol se deslizó por las sábanas blancas hasta acariciar sus párpados, que se
abrieron al tiempo que una leve brisa hacía ondear las cortinas. Notó
nuevamente como las comisuras de su boca se elevaban hacia arriba formando
aquella curva que el chico de la biblioteca había llamado sonrisa. Posó las
manos sobre la barandilla de metal del balcón que antes había sido su cárcel y
respiró profundamente a la vez que elevaba los brazos e imaginaba que se
hallaba en la proa de un inmenso barco que cortaba las olas de algún océano.
Caminó con pequeños saltitos mientras se sorprendía a sí misma tarareando la
canción que había escuchado el día anterior en el autobús de vuelta a casa. La
cafetera borboteó alegremente y, tras unos segundos, el olor a café recién
hecho inundó la estancia. Su cabeza bullía al tener que recibir y asimilar
tantas sensaciones desconocidas en tan poco tiempo, pero aquello no la
molestaba. No podría haber imaginado que se levantaría con tantas ganas un
miércoles hasta que hacía unas semanas había notado como aquel inmenso vacío,
que había aprendido a aceptar como parte de ella, se había llenado de aquello
que tanta falta hacía al mundo entero.
Y ahora sabía bien
que nadie se siente nunca tan vivo como cuando es consciente de que está
volviendo a nacer.
martes, 11 de febrero de 2014
Wake me up - Aloe Blacc.
Las tonalidades de
las hojas en otoño;
las calles nevadas en invierno y el
reflejo de las luces de Navidad en los charcos que forma la lluvia;
las flores abiertas y recubiertas de
rocío en primavera;
la efímera brisa de aire fresco tan
bienvenida en el calor sofocante del verano;
los reencuentros en el aeropuerto;
los proyectos de tantos viajes que te
quedan por hacer;
los nervios que aprietan tu estómago
en el despegue del avión;
las tensión del aterrizaje;
el dolor de pies tras patearte todo
Roma;
la grandeza de las pirámides en
Egipto;
la magia que puede palparse en el aire
al cruzar las puertas de DisneyLand;
los colores vivos de los carnavales de
Venecia;
las vistas desde el London Eye;
los infinitos prados verdes de Irlanda;
las puestas de sol tendido sobre la
arena de una playa de Ibiza;
los amaneceres desde una ventana en un
hotel de Florencia;
las estrellas que inundan el cielo
nocturno y se ven desde aquel prado en la montaña de tu pueblo;
los rayos de sol desbordándose sobre
una cama deshecha cubierta con sábanas blancas;
los 'cinco minutos más' que se
convierten en quince;
el estirar los brazos y frotarse los
ojos nada más despertar;
las mañanas de pijama, cama y poco
más;
los días aprovechados al máximo, esos
en los que llegas exhausto y te derrumbas en el sofá;
el primer salto al agua congelada de la
piscina tras un año de espera;
las carreras en bicicleta;
los paseos en compañía;
el canto de los pájaros escondidos en
los árboles del bosque;
el tacto suave de las mantas;
el olor de la tierra mojada tras una
tormenta;
el sonido de las olas rompiendo contra
las rocas;
el sabor de tu comida favorita;
las tazas de café en la madrugada
cuando te ves acorralado por apuntes de asignaturas de las que no
recuerdas ni el nombre;
el té de las 17:00 para sentirte un
poco más inglés;
los desayunos en la cama o los churros
en la cafetería tras la noche de Fin de Año;
las comidas alrededor de mesas
interminables;
las fresas con nata y chocolate para
merendar;
las cenas en un nuevo restaurante, por
probar;
la elegancia de un gato al saltar para
trepar un muro;
el paseo en lancha con los delfines del
zoo;
el vuelo del águila real;
el parpadeo de las alas de una
mariposa;
el roce de pestañas;
los ojos que, da igual el color, hablan
sin necesidad de palabras;
la mirada curiosa de los más pequeños;
los robos de nariz;
los labios agrietados que sanan con
otros labios;
las voces que te transmiten
sentimientos contradictorios;
la risa de un niño;
el hueco en el que se unen el cuello y
las clavículas;
los dedos entrelazados;
las caricias de manos inesperadas;
los besos tímidos, decididos, suaves,
apasionados, fugaces, lentos, curativos, deseados, por sorpresa,
cubiertos de chocolate, acompañados por lágrimas, llenos de
sentimiento, desnudos, en la frente, en la mejilla, en el cuello, en
tus labios;
los abrazos asfixiantes, relajantes,
consoladores, necesitados, los que se hacen esperar durante tanto
tiempo, los que te elevan del suelo mientras das vueltas, los que te
esperan al final de una carrera por el andén;
los pelos de punta provocados por
mordiscos;
las cosas dichas en susurros para que
nadie se entere;
el silencio roto con un suspiro;
amanecer abrazado a esa persona;
las primeras veces;
las últimas;
la fotografía;
la música;
el cine;
la felicidad;
la euforia;
la realización;
la tranquilidad;
la adrenalina;
conocerte;
aceptarte;
descubrir;
bailar;
actuar;
cantar;
querer;
vivir;
soñar;
ser.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Into your arms - The Maine.
Querido diario:
Hoy es 5 de Febrero de 2014, y he
pensado que es un bonito día para contarte una historia que todavía,
no me preguntes por qué, no he plasmado con sentimientos de tinta.
Todo empezó en el frío de primeros de
noviembre, ese que se cala hasta los huesos y los hace congelarse
hasta que te oprimen el pecho, ese que provoca dolor de cabeza y hace
que el estar cansado sea una forma de vida. En ese frío,
aparentemente tan indeseable, todavía quedaban rayos de sol
dispuestos a calentar nuestras almas. Fíjate si tuve suerte, que
encontré uno casi por pura casualidad, escondido en un pequeño
rincón de aquello que llaman Galicia.
Te preguntarás, tú que tanta
curiosidad tienes por saber hasta el mínimo detalle, como es que yo
(viviendo en mi adorada Madrid), me propuse buscar el sol tan lejos
en un lugar con fama de vivir inundado de niebla y lluvia. Pues bien,
te explico, las cosas han cambiado mucho desde que tú naciste. Los
diarios de hoy en día ya no están hechos de hojas de papel, sino de
extraños códigos que flotan en un maravilloso invento llamado
Internet. Allí, existen una serie de páginas llamadas redes
sociales. Entre ellas hay una muy popular entre nosotros, los
jóvenes. Se llama Twitter, te la presento desde ahora porque me
oirás nombrarla innumerables veces. Y en esta red social dirigida por
un pequeño pajarito azul, fue donde encontré mi calor para el
invierno que se avecinaba.
Como si las estrellas hubiesen
predestinado algo, mis interacciones se revolucionaron aquel día.
Para que lo entiendas mejor, alguien decidió que le gustaba lo que
escribía y comenzó a darlo a conocer a sus seguidores. Resultó ser
que la ilusión del primer momento al ver que alguien apreciaba mis
tonterías fue aún mayor cuando descubrí que aquella cuenta no sólo
me daba favorito, sino que me mencionaba. Qué extraña aquella
alegría que sentía por dentro.
Para mi sorpresa, a las pocas horas nos
habíamos contado mil anécdotas, creando una de esas conversaciones
que se quedan en la memoria, de esas que te hacen sentir ganas de
saltar aunque tus pies estén a punto de caerse a pedacitos de lo
congelados que están. Y aquella no fue la única durante esos días,
muchas más llenarían mis tardes, casi como una rutina que encajaba
perfectamente en mi vida, apropiándose de un hueco que había
permanecido vacío y medio desmoronado.
Mi rayo de sol se llamaba Carla y
todavía hoy sigue abriéndose paso entre las nubes de mis días más
grises para sacarme esas sonrisas que tanto necesito, esas que
solamente ella supo crear desde el primer skype hasta la última
despedida en el andén, e incluso ahora estando a más de 2000 km.
Creo que por mis palabras ya podrás
adivinar qué pasó con nosotras dos, cómo llegamos a todo esto, pero
para qué negarlo, me apetece seguir contando nuestra historia. Sí,
nuestra, solamente de las dos por mucha gente que intentase meterse
de por medio.
Los siguientes meses se basaron en una
creciente necesidad de abrazarla, de verla, de superar aquella
distancia que nos separaba y poder reírnos las dos juntas sin un
ordenador produciendo ruidos extraños que nos obligaban a fruncir el
ceño. Se había convertido en tanto para mí en tan poco tiempo...
Me asustaba, créeme. Todos los días dormía con el miedo de que se
convirtiese en alguien indispensable, pero sobretodo con el miedo de
perderla. No sería justo que la vida me hubiese dado una persona tan
increíble y de repente me la arrancase de los brazos cuando por fin
comenzaba a sentirme llena, ¿verdad?
Me encontré el 22 de Marzo de 2013
sentada en un tren, deseando que volasen aquellas eternas 5 horas que
me separaban de mi destino. Santiago de Compostela, me juego lo que
quieras a que ni el mejor peregrino había tenido nunca tantas ganas
de pisar la capital gallega. Las canciones pasaban extremadamente
lento y mis nervios no hacían más que obligarme a retorcerme en el
asiento.
Pero, ay, merecieron tanto la pena
aquellas horas de estrés para conseguir al fin ver su sonrisa
corriendo hacia mis brazos... En el momento en que la abracé, el
viaje pareció haber durado segundos y aquel abrazo ser lo más
infinito que puedas nunca imaginarte.
“Maldita, creía que eras más baja.”
Si lo que sentí aquellos cuatro días
que estuve a su lado no fue felicidad, que se atreva alguien a
explicarme qué es y me dé razones para estar más feliz en otro
lugar que no sea a su lado.
La despedida fue tan corta que se me
antojaron años lo que duró el verla al otro lado de las vías,
agitando la mano mientras las dos conteníamos las lágrimas. Qué
inútil se me hacía tener que irme de allí y no poder llevarla
conmigo. Pero pensé en todas las carcajadas tiradas en la cama y no
pude hacer otra cosa que sonreír porque había tenido la suerte de
que mi pequeño rayo de sol secase todas mis lágrimas y me sofocase
a base de cosquillas.
1 de Julio de 2013, no podía creer
todavía que aquello vivido unos meses atrás volvería a repetirse.
Veía avalanchas de gente saliendo y
entrando en los trenes de la estación de Chamartín, pero nadie me
importaba, nadie significaba lo más mínimo para mí. La única
maleta que conseguiría que echase a correr sería aquella que
llevase pegada a mi lapa.
Por fin llegó el tren, por fin bajé
corriendo las escaleras mecánicas, por fin busqué con la mirada
entre toda la masa de cabezas en movimiento, por fin la vi, por fin
sonreí de verdad y por fin la volví a abrazar hasta que el calor
sofocante nos hizo tener que separarnos.
No sabía que era posible sentirse tan
bien, sentir que lo tienes todo de un momento a otro, pero así era.
Pasamos días buenos, y noches no tan
alegres. Aún así, te aseguro que no me arrepiento de ni un solo
momento compartido con esa enana. Qué quieres que te diga, ella es
mi punto de apoyo.
No hay mucho más que hayamos vivido
juntas, ojalá haber podido pasar más días haciendo lo que mejor se
nos da: ser inseparables. Pero esos recuerdos ya no me los quita
nadie, son míos para siempre, igual que ella.
¿Que por qué he decidido que hoy era
un bonito día? Será que se me ha antojado el recordarla hoy
especialmente, ya que se me hace un año más mayor. ¿Puedes
creerlo? Ya llevo dos cumpleaños a su lado.
Al lado de mi mejor amiga. Porque eso
es exactamente lo que es. Es mi mitad, mi hermana mayor, mi Carlph,
mis tantas-cosas-que-tardaría-años-en-nombrarlas. En resumen: lo
mejor que me ha pasado y que me pasará.
No sé cuantas veces habré dado
gracias por tenerla, pero me siguen pareciendo insuficientes. He
perdido la cuenta de los 'te amodoroquiero' que le he dicho, pero
aunque me asfixiase gritando uno tras otro nunca llegarían a
expresar realmente todo lo que la quiero, lo mucho que la necesito.
Porque con ella he aprendido que es muy
difícil plasmar en palabras aquello que solo entiende el corazón,
pero también que con una de nuestras miradas podemos evitar gastar
letras sin sentido.
Con ella he aprendido lo que es hacerse
fuerte a base de luchar por quien te importa.
Ella me ha enseñado lo pequeña que
puede llegar a sentirse y lo grande que me hace.
Ella, aunque le cueste creerlo, es la
persona más increíble de este mundo.
Ella es fuerte porque a pesar de que
tenga el mundo encima es capaz de utilizar toda su energía en
sacarme del pozo más oscuro.
Ella es preciosa porque su sonrisa
calma hasta las tormentas más fieras de mi mente. Y supongo que es
el hecho de que la utilice poco lo que hace que valore tanto el
conseguir sacárselas. Pero, eh, ojalá encuentre alguna forma de que
permanezca con ella, tatuada en la cara hasta cuando duerme.
Ella tiene mil complejos que la impiden
pisar con seguridad el camino que intenta seguir, pero créeme, por
cada uno de sus supuestos defectos se ahoga entre cien virtudes.
Ella es ya una parte de mí, a la que
no pienso dejar escapar por muy duras que se pongan las cosas.
Ella cumple 17 años y yo no puedo
hacer más que decirle:
¡FELICIDADES CACHO DE PARVA!
Ella, ay... Ella es Carla Sampedro
Villar y la amo más que a los desayunos en la cama, las canciones
tristes antes de dormir y las tazas de té durante las horas de
estudio.
lunes, 27 de enero de 2014
Human - Christina Perri.
Después de haber construido durante
meses aquel muro que, egocéntrico, pretendía rozar el cielo, llegó
una sonrisa que la golpeó más fuerte que con cualquier sentimiento
de piedra con los que pretendía protegerse. Los pequeños pedacitos
de seguridad que le transmitía aquella preciosa curva se clavaron en
ella de tal forma que, de nuevo y tras tanto tiempo sin haber notado
aquella debilidad en las piernas, comenzaron a agrietar sus barreras.
Día a día, con infinita paciencia, él
curó sus heridas sin darle apenas importancia a la sangre que
resbalaba por sus dedos cada vez que la acariciaba. Poco a poco, pero
más rápido de lo que había creído posible, ella se convirtió no
en una persona nueva sino en la versión de ella de la que tanto
tiempo había estado huyendo. Su parte más humana, esa que parecía
estar formada tan sólo por una masa de sentimientos atrapados en un
cuerpo al que dirigen a su antojo. Para cuando él le dijo ven, ella
ya lo había dejado todo atrás y si quedaba algún resquicio de
hielo en su interior, este se derritió al roce de sus labios, que
comenzaban a atraer la dirección de su mirada casi constantemente.
Todas sus terminaciones nerviosas
reaccionaron cuando él, con la delicadeza de quien sabe que un mal
movimiento puede romper el cristal, deslizó sus manos por su cuello
creando una atmósfera entre los dos que provocó en ella un
sentimiento muy parecido a la felicidad, si no la recordaba mal. Que
alguien le explicase, si no, con qué otra sensación podía
relacionar las sonrisas tontas que se escapaban de su boca antes de
ni siquiera darse cuenta de que estaba sonriendo.
Aquella no fue la única vez que se
sintió así estando con él. Se preguntaba continuamente si era
posible aquello de sentirse tan desprotegida y fuerte a la vez, tener
tanto miedo y dudar tan poco de que lo único que necesitaba era otro
de sus abrazos. Descubrió que existía aquello de llorar de alegría
y lo de sonreír y suspirar cuando alguien te falta. Le sonaban
bonitas palabras a las que había intentado aborrecer de cualquier
manera. En vez de forzarla, ahora debía retener la risa cuando él
se metía con ella con las mayores estupideces.
Comprendió demasiado tarde que había
vuelto a exponerse demasiado, que empezaba a quererle de aquella
manera tan aterradora que no había manera de frenar. Le miró
sabiendo que en ese momento su único muro era él, no había nada
más que la fuese a levantar si caía.
Y cayó siendo consciente de que cuando
él se alejó no le quedaba ningún punto de apoyo.
Ella y yo nos negamos mutuamente por no
hacernos daño.
Lucho por encerrarla de nuevo dentro de
mí pero, creedme, es una pelea que consume todas mis fuerzas porque
tan sólo soy humana y el dolor es la realidad que más me pesa.
jueves, 23 de enero de 2014
Lullaby - Nickelback.
He estado pensando en el porqué de
escribir.
Siempre había estado convencida de que
simplemente era una forma de desahogarme, de exponer mis sentimientos
en cada una de las letras, de imaginarme que te saco de mi cabeza por
un momento.
Pero, realmente, ¿de qué soga estoy
intentando liberarme? ¿Cuáles son los sentimientos, de todo este
caos interno, que intento reflejar en mis palabras? Y, ¿quién eres
tú? ¿Por qué te escribo? ¿Qué haces en mi cabeza, revolviéndolo
todo a tu antojo como si ella sola no causase ya bastantes problemas?
Creo que he tenido suficiente.
Ya caminaste por cada uno de los huecos
de mi alma, sin tener en cuenta lo que pisabas ni mirar aquello que
destrozabas a tu paso.
Pero, qué bonito se me hacía aquel
desorden y qué contento se ponía mi corazón cada vez que te veía
pasear a mi lado.
Le maldecía cuando decidía dar saltos
hasta que su rosado color se reflejaba en mis mejillas. Su manía con
hacerse notar me hacía difícil evitar que mis ojos fuesen un libro
abierto en el que tú podías devorar cada una de las dudas que me
hacían tartamudear.
¿Cuántas veces lo hiciste? Me refiero
a leer mi mente sin encontrar barreras y actuar como si no me
conocieras. ¿No te bastaba que mis cinco sentidos se estremeciesen
con tu tacto? ¿No eran suficiente reales mis sonrisas? Porque te
aseguro que tan sinceras como las que surgían junto a tus labios,
hay pocas en este mundo.
Pero ahora me he dado cuenta de que el
mundo va más allá de tus clavículas (a fuerza de tropezarme con
ellas).
Te preguntarás porqué, si estoy tan
convencida de que hay más colores aparte del marrón de tus ojos,
sigo pidiéndote cada día que salgas de aquí, que me dejes
olvidarte.
Si quieres la verdad, te lo ruego sin
pronunciar palabra para que no puedas oírlo. Porque si lamenté el
empezar a perderte sin decir nada, imagina los remordimientos si te
vas definitivamente por mi culpa.
Ahora que has vuelto a conseguir, sin proponértelo, que me acuerde de ti en cada frase, hazme un favor: quiéreme como lo hacías antes de probar mis besos, espérame bajo la lluvia imaginándote que volvemos a aquellas tardes soleadas de agosto, abrázame con aquel miedo del principio (sí, ese que tú superaste y en el que yo me estoy hundiendo), háblame de nada, cuéntamelo todo, confía en mí para escabullirte de tus problemas, deja descansar tu cabeza en mi hombro y que nuestras respiraciones cojan un mismo compás, roza tus dedos con los míos con la misma delicadeza con la que susurras incoherencias que hacen girar mi mundo, escucha el ritmo de mis latidos que parecen ir al son de nuestras canciones.
He evitado los tiempos pasados para que
lo sientas en presente.
Haz un último esfuerzo por no dejarme
acostumbrarme a cómo dueles.
Termina la canción y sigo sin
averiguar las razones por las que escribo.
Échame de menos, por favor.
Y otros sin-sentidos.
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