jueves, 9 de noviembre de 2017

Bittersweet.

Añoraba el caminar arropada por el frío de la noche. 

Casi olvido la agridulce sensación que provoca estar en calma mientras tu nariz y dedos se resienten ante el gélido exterior. 
Casi caigo en el error de no apreciar como mis propios pasos parecen distantes, como su sonido queda relegado a un segundo plano porque la música que suena a través de los cascos se adueña del papel protagonista. 

Esta noche, tras largo tiempo, he conseguido abandonar la lucha inane que mantenía contra esa canción. 
Y, por un momento, no he sentido miedo.
He abrazado la tenebrosa soledad de los paseos nocturnos con la fuerza de quien se vuelve a encontrar con un viejo amor. Me he dejado inundar por la extraña paz impregnada en el silencio que reposa por las calles a la luz de las farolas. Se han empañado mis retinas con el vaho que se deslizaba entre mis labios y se han empapado mis huesos con los escalofríos de mi alma.

Esta noche, tras largo tiempo, he vuelto a apreciar el rutinario calor del pijama. 
Y, por un momento, he recordado la importancia y belleza de lo sencillo.
Como esa tiritera inevitable que nos domina hasta que la cama entra en calor, como la quietud que se posa sobre la habitación al tiempo que nuestra respiración se ralentiza. 
Y he amado ese instante con fiereza, pues he escuchado a mi corazón sentir.

lunes, 16 de octubre de 2017

Caja.

No hay estrellas en el techo de mi habitación, 
ni luna que las escolte.
No corre el aire para convertirse en viento, 
ni suenan las hojas alegres a su paso.
No veo nubes de las que suponer las formas, 
ni sol que juegue al escondite entre sus cristales. 
No vuelan los pájaros surcando las corrientes,
ni danzan los colores al atardecer.

No hay un mar interminable desahogándose ante mis ojos,
ni arena que se cuele entre los dedos de mis pies.
No corre un río con el torrente de mis impulsos,
ni se acercan las orillas a un final.
No veo el claro en ningún lugar de esta selva,
ni esa luz que se escabulle de las ramas más espesas.
No vuelan mis manos alborotando tu pelo,
ni danzan los colores al amanecer.








lunes, 4 de septiembre de 2017

Disculpas injustificadas.

Perdóname, corazón;
sé que he vuelto a recordar la caricia de su risa en mi mejilla.
Sé que he vuelto a pensar en su sonrisa,
y en sus dedos recorriendo mis costillas.
Perdóname, corazón;
no encuentro la forma de pedirte que frenes antes de llegar al acantilado.
Ni la manera de excusarme por esos golpes que te he dado.
Perdóname, corazón;
tengo ganas de salir corriendo hasta que me fallen las fuerzas.
Pero también de que me bese y haga temblar mis piernas.
Perdóname, corazón;
porque últimamente voy danzando entre la ira y el miedo.
Porque últimamente este vértigo que siento me impide alzar el vuelo.
Perdóname, corazón; pues sé que estás cansado.

Perdóname tú también, amor; yo todavía no te he olvidado. 

jueves, 31 de agosto de 2017

Hacer trampas.

He estado buscando puntos débiles entre los cimientos de este muro recién construido, desconocido.
He estado cavando más allá de mis raíces, observando cada espacio bajo tierra, validando la posibilidad de esconderme allí durante la tormenta.
Ha llovido, fuera y dentro de mi castillo. Gotas escapistas han encontrado refugio en las vetas de estas piedras. Creo que pretenden traer el invierno con ellas, que están cansadas del calor y de las noches sin viento. 
He escalado a la torre más alta, y ni siquiera desde allí era capaz de divisar el mar. Ni siquiera desde allí conseguía distinguir los arañazos dibujados en las nubes por los rascacielos.


Nubes.

Nubes grises se entretejen formando este manto decaído que oso llamar cielo.
Maldito cielo...
Maldito cielo que ya no me deja contemplar con anhelo el azul de tus ojos.
Azul que se esconde, me rehuye y se desvanece (para suspiro mío).


He vuelto al ayer, y todo sigue intacto.

Aún así el presente es extraño, y me engaño repitiendo que, mañana, a la calma le costará un poco menos subir el siguiente peldaño.

jueves, 24 de agosto de 2017

Consecuencias.

Sabes bien que no soy de arrepentirme.
Siempre que hablamos de retractarnos, la palabra 'nunca' se contonea por la punta de mi lengua. 

Conoces la forma en la que defiendo mis acciones.
La seguridad que tiñe mis iris cuando digo que, si en algún momento hice algo, fue porque en ese mismo momento lo quise. 

Y, sin embargo, llega la tormenta y estoy deseando saltar al vacío. 
Aún sabiendo que podría aguantar aquí. 
Aún siendo consciente de que cuando me trague el huracán me preguntaré «¿por qué?» y sentiré la impotencia de la falta de respuestas. 

sábado, 8 de octubre de 2016

Suplente.

Octubre ha llegado cargado de otoño.

Vestido con la chispeante vibración de sus colores; 
adornado con los agridulces suspiros de los árboles al verse desnudados.

Ha traído consigo la breve caricia del viento, 
el olor a tierra mojada, 
la alfombra de hojas que te escoltan por las vías.

Ha recordado las idas buscando algo a paso lento,
la luz de una luna menguada,
el desencanto de las venidas con las manos vacías.

Anunciada su presencia por una sinfonía de olores;
besadas mis sábanas por el sol sin poder perturbar los días nublados.

Octubre echa raíces, yo me bajo del podio. 

domingo, 25 de septiembre de 2016

Grises y azules.

Hoy siento la ausencia como el impacto de una ola. Una ola de esas que te engullen mientras el fondo marino trata de atraerte hacia él con su magnetismo. 
Me oigo boquear con desesperación durante esos interminables segundos en los que olvido que poseo unos brazos con los que impulsarme a la superficie. Noto como mis piernas sacuden el agua con furia.

Salgo exitosa de una nueva batalla y, a pesar de todo, me siento derrotada. 
Mi cuerpo huye buscando la calidez de la arena y la caricia del sol; pero sólo hay frío, y el pánico latente de ese «qué hubiera pasado si...» que nunca admito formular. Mis dedos se cierran con fuerza en torno a un puñado de granos: de nuevo trato de aferrarme a algo que se escapa de mis manos más rápidamente de lo que yo me recompongo. 

Los acantilados a mi espalda pellizcan mi alma como recordatorio de todas aquellas veces que no salté.

Tantos huecos, tantos parches.
Noto las heridas abriéndose de nuevo, recordándome que nunca las cuidé, que siempre estuve demasiado asustada de secar la sangre que las teñía. Y ahora mi piel se escama, la sal se seca sobre mi cara. 
Ahora mi exterior se equipara en tirantez a los hilos que sujetan mis pedacitos internos. 


Ni siquiera el arrullo del mar apacigua esta guerra.

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